martes, 27 de marzo de 2012

Rompiendo espejos: 7 años de buena suerte

El otro: lo distinto, lo diferente, lo diverso, lo opuesto a mí. ¿Por qué será que vemos en el Otro todo lo que no vemos en nosotros mismos? Siempre dicen que es más fácil mirar hacia afuera que hacia adentro, que es muy sencillo criticar pero muy complicado autocriticarse. ¿Qué pasaría si miráramos al Otro como un espejo? Seguramente descubriríamos muchas cosas que no nos gusten, pero probablemente también encontraríamos muchas otras que sí (siempre y cuando las busquemos).
Hace unos días, algo llamó mi atención durante el rutinario viaje en colectivo de todas las mañanas. El transporte estaba lleno de gente. En una de las paradas, subió un joven, con su guardapolvos y una mochila, no tendría más de catorce o quince años. Tímidamente, miró a todos y a ninguno a la vez. La mayoría de los pasajeros, sin vergüenza, hacían comentarios entre ellos mientras lo observaban disimuladamente, otros murmuraban por lo bajo, y algunos pocos reían a carcajadas. Extrañado, el joven comenzó a mirar su reflejo en las ventanas y luego de algunos minutos, se bajó del colectivo. Conmovida, quizá por lástima, por empatía o por compasión, lo seguí. Una vez que respondió a mis gritos, le pregunté cómo se sentía. Él respondió que apenado pero que no sabía por qué. Le pregunté si se había mirado en el espejo antes de salir de su casa, respondió que sí y siguió caminando. Ya de lejos, lo seguí con la mirada, abstraída en su pelo de color azul. Corrí hasta alcanzarlo, le pregunté si lo de su cabello había sido un accidente. Me miró como si no hubiera entendido la pregunta, contestó que no, y siguió su camino.
Una famosa obra de Sartre reivindicaba que “el infierno es el otro”. Mejor dicho, la mirada del otro es el infierno. ¿Por qué? Porque nos objetiva, porque no somos más que lo que el Otro ve en nosotros y eso nos limita, no nos deja ser. Haciendo un juego de palabras con la reconocida teoría de Descartes “pienso, luego existo”, Sartre postulaba: “Me ven, luego soy”.  No somos nada a no ser por la mirada del Otro, no existimos si nadie nos ve. Sin embargo, aquel joven, que todavía no carga con tantos prejuicios y condicionamientos sociales, no podía comprender por qué todos se reían de su pelo. De todas maneras, ¿a qué madre, en su sano juicio, se le ocurriría dejar que su hijo se tiña de azul el cabello simplemente porque lo hace feliz? Supongo que solamente alguna desquiciada podría darle mayor importancia a la felicidad de su propio hijo que a lo que el resto piense de él.
Afortunadamente, no todos tenemos la inocencia de los jóvenes de hoy en día y la mayoría no fuimos criados por madres que nos permitan cometer ese tipo de locuras. Será por eso que nos miramos al espejo, para ver cómo nos ve el resto. Nos paramos frente al espejo, nos peinamos, nos arreglamos, nos maquillamos, nos vestimos, hacemos de todo para que los demás nos vean mejor. ¿Por qué? Porque de eso depende nuestra existencia, porque es la mirada de los Otros la que nos ciega y no nos permite ver nuestro propio reflejo.
Después de todo, el reflejo no es más que una representación, y justamente, según Olson, es a través de representaciones que conocemos el mundo. Nos basamos en mapas para saber hacia dónde ir pero también para saber dónde estamos parados, y a pesar de tantos mapas, en la vida de toda persona, suele llegar un punto en que se pregunta: ¿Y ahora qué? Esta interrogación engloba innumerables connotaciones que podrían reemplazar al “qué”, dependiendo de en qué momento de la vida nos la preguntemos.
A meses de finalizar la secundaria, inicia un bombardeo interrogatorio por parte de todos nuestros conocidos, comenzando con la típica pregunta: ¿Qué vas a estudiar? Mucha gente ya lo tiene decidido desde su niñez, cuando decían que de grandes querían ser doctores, abogados, bailarines, veterinarios, pintores, y ni siquiera piensan en cuestionarse si realmente es lo que quieren en ese momento; sin embargo, se encierran en esos deseos de la infancia y siguen el rumbo que ellos mismos se predestinaron. Muchos otros no están tan seguros y deben hacerse una pregunta mucho más compleja a sí mismos: ¿Quién soy? En ese momento, entre la desesperación de encontrar una respuesta satisfactoria y la presión de todos a su alrededor, se miran al espejo para emprender un viaje. No me refiero a un viaje en avión o en motocicleta, ni a un viaje turístico ni de exploración, sino a un viaje interno. Un viaje para conocerse y reconocerse, un viaje para el cual no se necesita mucho equipaje más que un poco de imaginación, algo de impulso y mucha apertura (a lo desconocido, a lo nuevo, a lo distinto). Suena simple pero da miedo, personalmente preferiría comprar un pasaje a algún país “exótico” y empacar algo de ropa y maquillaje, no pido más que eso.
En este tipo de circunstancias, en todo momento crucial de la vida, se vuelve al espejo, pero al espejo como despojo: porque los otros me ven así, me limitan a ser lo que ellos ven en mí, me atribuyen ciertas cualidades y, al mismo tiempo, me niegan tantas otras, me etiquetan de una manera y si en algún momento de la vida intento aparentar ser de otra, no puedo porque me la creo, porque confío en que no es posible que cien ojos vean algo que no es, porque si todos me ven así, debe ser porque así soy. Démoslo vuelta: soy así porque todos me ven de esa manera. Entonces, ¿dónde queda la subjetividad? ¿Qué es lo real si en verdad yo soy lo que todos ven? ¿Habrá algo preexistente a la mirada del resto o cada uno va construyendo su propio “yo” a medida que los demás van atribuyéndole cualidades a su persona? Admitámoslo, es preferible que el resto forme nuestra personalidad a hacer el esfuerzo de constituirla nosotros mismos.
Algunos dicen que lo importante es lo que no se ve, la esencia, lo que está escondido, lo oculto. Pensemos en los sueños: le cuento a alguien que soñé que me caía de un precipicio pero nunca llegaba a tocar el suelo. Me dicen que eso significa algo: que no sé cómo lograr algún objetivo, que me siento perdida en la vida, que no sé hacia dónde estoy yendo con mi carrera, etc. ¿Y si simplemente significa que soñé que estaba cayendo? ¿Por qué nos obsesionamos con buscar significados en todo? ¿Por qué no aceptamos de una vez que es porque sí?
Quizá nos asusta pensar que algo no tiene sentido, que no tiene razón ni explicación, porque siempre queremos encontrar una respuesta hasta en las cosas más banales, porque no tiene gracia pensar que algo carece de un significado oculto o una razón de ser. Nos aterroriza pensar en la nada, en el vacío, o simplemente, no pensar. Hagamos una prueba: por un momento, pongan sus mentes en blanco. Imposible. No podemos, nos resulta inimaginable no imaginar, nos parece impensable no pensar. Siempre tenemos que buscarle la quinta pata al gato o el pelo al huevo, luchamos por encontrar la aguja en el pajar, nos encanta imaginar que nuestra vida es un enigma que debemos descifrar, como si fuera el Código DaVinci o uno de los tantos misterios que protagoniza Sherlock Holmes. No nos culpo, es más divertido vivir de esa manera, es excitante pensar que todo tiene un sentido y buscarlo hasta el cansancio. Y si no lo encontramos, nos rendimos, pero no dejamos de creer que algún sentido tenía sino que nos resignamos a descubrirlo y aceptamos seguir viviendo enigmáticamente, imaginando que nos rodean dos grandes signos de pregunta (que nos rodean y nos encierran a la vez).
Sigamos divagando. La vida es un mapa y cada uno se encuentra parado en el centro, a nuestro alrededor se dibujan algunas líneas de rumbo y cada una de ellas nos lleva a un destino distinto. Seguimos una, obviamos el resto, y nos preguntamos qué hubiera pasado si hubiéramos seguido alguna de las que ignoramos, pero no podemos volver atrás. Sin embargo, no dejamos de imaginar cómo se hubieran desarrollado las otras posibles opciones, aunque pensar en esto ya no tenga sentido alguno. Ahora bien, ¿qué pasaría si en vez de seguir alguna de esas líneas, dibujáramos la propia? Probablemente no nos lleve al destino deseado, pero al menos sabríamos que seguimos la línea que queríamos y no una que alguien más que no nos conoce dibujó para nosotros. Después de todo, no debe ser tan fácil agarrar un lápiz y garabatear, esas cosas no se hacen después de haber cumplido más de siete años, no sería “natural” hacerlo.
Si queremos viajar a algún lugar desconocido o si no tenemos en claro el destino al que queremos llegar, cualquier camino nos vendría bien, pero el mapa ya no nos serviría para guiarnos, no tendríamos en que basarnos, y quizá, esta sea nuestra mejor opción. Un mapa puede ser muy útil al momento de partir, pero una vez emprendido el viaje, no tiene utilidad alguna. Resulta mucho más excitante seguir nuestros propios caminos para llegar a destinos desconocidos, de manera que nos sorprendamos con lo que podemos llegar a descubrir. La emoción generada al tropezar con algo nuevo no es la misma si sabíamos de antemano con qué nos íbamos a encontrar, es formidablemente mayor si el destino nos sorprende. Pero, ¿para qué complicar las cosas? ¿De qué me sirve jugar una búsqueda del tesoro si en la billetera ya tengo algunas monedas? No serán de oro, pero es lo que hay.
Luego de pensar todo esto, ¿por qué no olvidamos las líneas de rumbo existentes y comenzamos a garabatear hasta dibujar las propias? ¿Por qué no darle menor importancia al espejo y mayor a la imagen que nosotros queremos que allí se refleje? ¿Por qué no olvidamos por un momento al espejo y a los mapas y vivimos nuestras vidas como realmente queremos vivirlas? ¿Por qué no intentamos dejar de buscar significados ocultos en todos lados y vivimos las cosas como son por lo que son? Sin espejos, sin representaciones, sin modelos, sin mapas, sin guías, simplemente escuchándonos a nosotros mismos y siguiendo los caminos que construimos con nuestra propia imaginación, tiñéndonos de azul el cabello si es necesario.

sábado, 13 de agosto de 2011

Proyecto Narrativo: 3ra Versión


El afuera
Sábado por la tarde, el colectivo 95 es el que me llevó hasta mi destino luego de un largo viaje. Creo haber antepuesto algún “hola” o un simple “buenos días” antes de pedirle al colectivero que me marque “$1,25”, pero luego de todo un viaje sin escuchar ninguna de esas palabras, ya no estoy segura de haberlo hecho. Bueno, de todas maneras, eso no es tan importante, supongo. Ya acomodada en uno de los asientos, giré la cabeza para poder observar por la ventana lo que ocurría en las veredas. La visión no resultó ser tan nítida como esperaba, pero bastó con forzar un poco la vista para convertirme en espectadora de situaciones cotidianas “normales” actuadas por personas de quienes no conocía absolutamente nada (volvamos al tiempo presente, sigo sin conocer).
Casi todos los autos que pasaban tenían ventanas opacas que no me permitían ver su interior, ni siquiera a quién estaba delante del volante. Dos o tres espacios públicos verdes aparecieron en el camino, pero gracias a las rejas grises que los rodeaban, no tengo nada para contar acerca de quienes estaban en ellos, si es que había alguien. Resignada, volví a girar la cabeza, esta vez hacia adentro. Sin quererlo, mi mirada se cruzó con la de otro pasajero, cuyos ojos casi instantáneamente giraron hacia otro lado, no estoy segura hacia cuál pero seguro hacia cualquiera excepto el mío. Me volví a dar vuelta, mirar para afuera era más seguro. Las mujeres –también algunos hombres- tenían cubiertos sus rostros con productos artificiales. Cuadra por medio, veía personas solitarias o incluso familias que parecían vivir en las calles, a pesar de la indiferencia de la gente que pasaba por su lado, no creo haber sido la única que los notaba. Como una constante de las veredas porteñas, las personas pasaban corriendo de un lado al otro, estresadas incluso un día sábado.

La fachada
“No al vaciamiento del Borda”, “No dejemos que Macri cierre el Borda”, “¡Queremos gas ya!”. Sólo algunos de los carteles que me recibieron en la entrada del Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda. Leyendo algunas noticias, me enteré que ya hace más de un año, el Congreso Nacional aprobó una ley para cerrarlo –al igual que al resto de los hospitales psiquiátricos de todo el país- y convertirlo en shopping o en un complejo de edificios, para el caso es lo mismo. Lo que importa es la lucha que viven día a día los pacientes, ex-pacientes y trabajadores, aunque para ellos todo esto ya sea parte de su vida cotidiana. También lo son la comida fría, las duchas apuradas, el temblor constante en los días de invierno, y muchos problemas más que se les sumaron hace más de tres meses por la falta de gas. En la página web del Gobierno de la Ciudad se comenta que los abastecieron con termotanques y viandas de comida, pero no es suficiente para los 700 pacientes que viven allí. Al menos eso es lo que se percibe al leer los carteles, imposibles de ignorar al entrar al hospital, e incluso al pasar por la vereda de enfrente, salvo que se pase caminando con los ojos cerrados.


El adentro
Nadie me preguntó nada cuando entré al primer edificio, pasé inadvertida –algo que no esperaba- ante la mirada de las dos guardias de seguridad que se encontraban en la entrada del estacionamiento. Me sentía una espía en medio de su misión secreta, aunque en verdad no estaba haciendo nada mal. Una vez dentro, podría haberme infiltrado en los pasillos del hospital tranquilamente, pero como ese no era mi objetivo (al menos no en esta visita), le pregunté a otro guardia de seguridad por indicaciones. Me señaló que debía caminar hacia la derecha y luego doblar y seguir hasta el fondo.
Todavía medio confundida, intenté seguir sus vagas instrucciones pero me confundí. A lo lejos, el mismo guardia me gritó indicándome, mediante gestos, el camino que me había explicado anteriormente. Esta vez, llena de vergüenza ante su supervisión que no esperaba y algo ruborizada por la falta de comprensión, comencé a caminar hacia la derecha, ahora sí en el camino correcto. Doblé hacia la derecha nuevamente, crucé unas rejas verdes y se abrió ante mí una especie de ciudad en miniatura, nada comparado a lo que yo imaginaba al pensar en “Hospital Borda”.
El hospital no era un edificio único pintado de blanco ni nada por el estilo, sino una especie de bosque talado, aún con varios árboles en pie, y grandes edificios grises mezclados entre ellos (creo haber visto antiguas fotos en donde eran blancos, pero el paso del tiempo suele hacer destrozos en este tipo de instituciones). En algunos lugares había carteles que indicaban los nombres de las calles que se cruzaban en determinadas intersecciones, aunque en verdad no eran siquiera esquinas definidas.
Mientras caminaba libremente por allí, veía pasar esporádicamente a pacientes. Uno me saludó de lejos levantando su mano, a lo cual le respondí de la misma manera, el resto no mostraba signo alguno que denotara asombro o extrañeza ante mi presencia. Ellos, al igual que yo, caminaban por allí con absoluta libertad, “como en casa” diríamos en criollo, pero la diferencia es que para ellos ese lugar era literalmente su casa, y yo me encontraba solamente de visita. Lamento romper con el sentido común, pero los pacientes no estaban encerrados, no vestían chalecos de fuerza, no se hallaban enclaustrados dentro de habitaciones blancas acolchonadas, y quizá para sorpresa de muchos, ninguno corrió hacia mí para atacarme. Por el contrario, al verme desorientada, un morocho de pelo corto, con un divertido sweater celeste y blanco, me saludó –con un tono de voz bastante enérgico, quizá excesivamente fuerte en comparación a la distancia que nos separaba- y me señaló el lugar donde se estaba grabando la radio.
Al principio creí que me había mandado al imponente edificio blanco con la inscripción “Servicio Penitenciario Federal” en el frente. Sin embargo, luego de reírnos por un rato debido a la confusión, me contó que en la actualidad, este edificio se encuentra desalojado, al igual que muchos pabellones del Borda, vacíos. Cada vez son menos los internos y muchos salen sin ser curados a pesar de no tener adónde ir.

LT22 Radio La Colifata
 “Buenas tardes, aquí transmite LT22 Radio La Colifata, desde el Hospital Borda” escuché mientras me acercaba, agradeciendo por dentro que había llegado a tiempo al comienzo del programa.  En el medio del patio, entre los árboles deshojados, había un semicírculo de personas, casi todos jóvenes veinteañeros, entre los cuales se mezclaban unos 15 internos del hospital. Cerrando la ronda, unas mesas desgastadas con dos notebooks encima, manejadas por dos mujeres –voluntarias, una de ellas psicóloga- un órgano frente al cual estaba sentado uno de los pacientes, y dos micrófonos con largos cables enredados que un joven voluntario iba alcanzando a los que quisieran hablar. Así estaba conformada La Colifata, un espacio producido por los mismos pacientes del Hospital Borda. Según lo que pude apreciar, los voluntarios solamente manejan la parte técnica y ayudan a organizar la situación, interviniendo de vez en cuando, pero son los internos quienes se encargan de producir todo lo que sale al aire en vivo. La ronda emanaba un aire festivo que iluminaba el paisaje gris, evitando que terminara siendo una deprimente postal de invierno.
Antes de que comience el programa, noté sentados a un paciente y un joven –quien no logré distinguir si también era interno o no- a unos metros por fuera del grupo. Me quedé observándolos por un rato hasta que uno de ellos me llamó con un gesto. Me acerqué y me preguntó si sabía en qué número (de frecuencia) estaba la radio, a lo cual le respondí. Tras unas vueltas de dial, el joven dio con La Colifata. El paciente sonrió y con los ojos llenos de felicidad, me pidió que me acercara. Bajé a su altura e inesperadamente, me dio un beso en la mejilla, acompañado de un “gracias”. Le devolví el agradecimiento y me alejé mientras observaba lo feliz que estaba de estar escuchando la radio a través de sus pequeños auriculares.

El simpático músico y poeta
A los cinco minutos del comienzo del programa, llegó Hugo López, externado del Borda y famoso locutor de La Colifata, con sus distintivos anteojos cuadrados de marco marrón. Ante su llegada, todos comenzaron a hacer bromas, diciendo que Hugo siempre llega e interrumpe todo y cosas por el estilo, sin importar que una de las voluntarias estaba promocionando al aire el festejo del 20º aniversario de la radio. Todos rieron un rato, y él intervino retomando la invitación a la celebración y pidiendo disculpas por la interrupción.
En el intervalo, se puso música de fondo, una chacarera. La acompañaron con la guitarra Hugo y Julio con su voz. López guiaba al público que no sabía la letra para que haga los coros, y varios de los pacientes sacaron a bailar a las chicas. Al mismo tiempo, algunos voluntarios comenzaron a repartirles a los internos chocolatada caliente y churros, linda compañía para una fría tarde de invierno. Para las visitas, la chocolatada o el café valía $3, y las galletitas gratis daban vueltas por la ronda.
Mientras algunos merendaban, otros seguíamos bailando al compás de la chacarera, la cual concluyó cuando Hugo dejó su guitarra y empezó a leer una receta de cocina de una revista: bondiola con salsa de mostaza y cerveza. Mezclaba entre los ingredientes, chistes y comentarios relacionados, provocando la risa de todos en el público.
Luego de recitar la receta, Hugo López nuevamente quiso que cantemos. “Vamos a cantar todos, el que no canta, es normal” dijo a modo de invitación, lo cual sirvió para que absolutamente todos nos sumemos a la canción, por lo menos mediante aplausos al compás de la melodía. Al finalizar la balada, comenzó a filosofar sobre las estrellas, quejándose de que en la ciudad, entre tantos edificios, ya no podíamos verlas, y dijo: “Qué triste un cielo sin estrellas! Es como un mundo sin música, un mundo sin amor, un mundo sin locos, sin los locos lindos de La Colifata, qué triste sería el mundo”. Al igual que muchas de las visitas, no pude hacer más que sonreír y elogiarlo con la mirada.

El veterano
Inesperadamente, como apertura de un nuevo bloque del programa, un canoso de pelo por los hombros, tomó el micrófono y se puso a contar parte de su historia: “Esta semana cumplo 23 años de loco y los locos no mentimos, a muchos nos trajeron engañados a un chequeo rutinario y nos dejaron acá, la familia nos abandona y el gobierno se olvida que existimos, pero nosotros no engañamos como ellos. Pensar que yo estaba cuando La Colifata se escuchaba a través de un simple cassette, pero mejor dejémoslo ahí porque se me pianta un lagrimón. ¡Bienvenidos a la locura!”.

El humorista
Escondido detrás de sus anteojos de sol y su gorro de piel de corderito, Fernando, tomó el micrófono. A pesar de su aspecto, no resultó ser para nada tímido, por el contrario, se puso a  contar chistes. “Un hombre llama por teléfono y dice ‘hola, ¿hablo con el manicomio?’, y al otro lado de la línea le contestan ‘no, acá no hay teléfono’”. Todos reímos, él continuó con su libreto. “Un hombre va al manicomio y le dice al médico: doctor, mi hermano se cree una gallina”. Por un instante, Fernando se trabó como si se hubiera olvidado cómo seguía el chiste, pero luego continuó: “…mi hermano se cree una gallina. Y el médico le contestó: entonces échelo de su casa. Y el hombre dijo: no, pero si lo echo de mi casa, ¿quién va a poner los huevos?”. Nuevamente, reímos todos, incluidos los pacientes y el mismo comediante, orgulloso.

El rockero
 “Adrián habla de rock” fue una de las secciones de la radio. Quizá se podría modificar el nombre de la misma, porque Adrián, luego de acomodarse su gorra y sus anteojos de sol, agarró el micrófono y se puso a cantar. “Ahí viene la plaga, le gusta bailar…”. Todos lo acompañamos con aplausos y los que conocían la canción, cantaron con él pero no muy fuerte para no opacarlo. Cantó dos canciones más, también rocanroleras, pero menos conocidas, si es que existen realmente. Cuando terminó el recital, fue ovacionado por el público, a quien no le importó que no hablara. No podía ver sus ojos, pero estoy segura que detrás de sus gafas, estaban iluminados, haciendo juego con su gran sonrisa.

Los anfitriones y el cumpleañero
Julio, canoso de pelo largo, con un gorro y anteojos, fue el encargado de dirigir la sección “Visitas”. Una vez con micrófono en mano, contó a los oyentes –cuesta recordar que al mismo tiempo, la radio estaba saliendo al aire- que ese día había venido un grupo de estudiantes de Psicología de Rosario, por lo cual estaban todos muy contentos. Luego de su presentación, les dio la palabra a los estudiantes, varias veces interrumpidos por algunos de los pacientes, que mencionaban cuán felices estaban por su visita y halagaban a la ciudad de Rosario, donde ellos pudieron viajar unos meses atrás (sí, algunos “locos” salen a la calle). Mientras uno de los estudiantes hablaba, Alejandro, con sus grandes ojos verdes, que si la vista no me fallaba, estaban algo acuosos, se metió en el medio de la ronda y dijo: “Feliz cumple para mí que cumplo 39 años”. Luego pidió cantar con los chicos del público porque no los puede ver los días de semana porque está encerrado. Conmovidos, ninguno de nosotros dudó, ni por un instante, en cantarle bien fuerte el feliz cumpleaños.

Los maestros
“Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…” comenzó a cantar uno de los pacientes repentinamente. Cuando terminó, todos aplaudimos, y se entabló una reflexión cuasi filosófica acerca del tiempo. Cualquiera que quería hablar pedía la palabra y alguno de los voluntarios le alcanzaba el micrófono para que diera su punto de vista. Luego de varias vueltas que dio el micrófono, como si fuera el mate en una reunión de amigos, se quedó en las manos de una mujer. “El deseo de ser inmortal es un problema, porque no sólo queremos ser inmortales sino que queremos ser eternamente jóvenes”. Todos asentimos con la cabeza pero nadie se animó a aplaudir porque seguramente alguien más querría hablar luego de ella. Sin embargo, Hugo López interrumpió al que estaba por dar su visión acerca del tema para pedir que la aplaudamos. Todos obedecimos y ella hizo unas reverencias, a modo de agradecimiento y modestia.
Cuando parecía que el debate había finalizado, Carlitos, un anciano canoso, de ojos cristalinamente celestes, con una cara pequeña y muy arrugada, pidió la palabra sin dejar de comer sus galletitas. No era la primera vez que lo notaba, él ya había intervenido en el programa mientras Hugo López recitaba la receta, cuando entre carcajadas, exclamó: “¡qué loco!”. Una vez con micrófono en mano, comenzó a hablar sobre el clima, a lo cual una de las voluntarias le explicó que estaban hablando sobre el tiempo del reloj y no el tiempo del clima. A él no le cambió mucho, porque también para ese tipo de tiempo tenía algo que decir. Más que simplemente algo, tenía bastante, tanto que tuvieron que decirle que deje hablar a otros porque no mostraba indicio alguno de soltar el micrófono dentro de lo que duraría la transmisión. Al finalizar, se paró y comenzó a dar vueltas por la ronda pidiendo un cigarrillo hasta que una de las visitantes le convidó uno. Lo encendió y volvió a sentarse, intercalando en su boca galletitas y pitadas.

El mago bailarín
Pajarito, personajes simpáticos sí los hay, no paró de hablar con las chicas del público, incluso cuando la radio se encontraba al aire. Debido a la distancia, no llegué a escuchar lo que decía, pero debía de ser algo gracioso porque en cada pausa que él realizada, todos a su alrededor reían desaforadamente, y él se sacaba su sombrero blanco para agradecerles. Más allá de que el público estaba entretenido con su sketch, uno de los voluntarios se le acercó, pero antes que él siquiera pueda hablar, Pajarito dijo exactamente lo que el joven estaba a punto de decir como si lo supiera de memoria: “Estamos al aire, no podés hablar cuando estamos al aire porque hay que respetar a los que están hablando por el micrófono”. El voluntario le dijo que ya que sabía lo que le iba a pedir, lo ponga en práctica.
Se notaba que ser el centro de atención era algo que le gustaba, como lo mostró bailando en el medio de la ronda mientras Adrián cantaba sus canciones de rock,  levantándose, de tanto en tanto, los pantalones que se le caían. Luego del consejo del voluntario, Pajarito, con cara de resignado, hizo silencio, pero eso duró sólo uno o dos minutos, ya que luego siguió hablando con su público, pero esta vez para hacer un “truco de magia”. “Decime un color, un tamaño y elegí entre ella o ella”, dijo a una integrante del público mientras señalaba a otras dos. La chica dijo amarillo y grande. Él se acercó a la otra y le dijo: “vos en la cartera tenés algo amarillo y grande”. Luego de revolver un poco, la chica encontró un paquete de galletitas con franjas amarillas. Pajarito, muy contento (y algo sorprendido porque le había salido bien el truco), acompañado por los aplausos de la gente, comenzó a reírse gritando: ¡soy un mago, soy un mago!

Los combatientes
Caminé algunos pasos alejándome de la ronda y me topé con un muro hecho con mosaicos que mostraba la imagen de distintas personas con un cartel que decía: “La Colifata, siempre fui loco, construyendo puentes donde hay muros”. Al lado mío había un hombre de baja estatura, morocho, de tez algo oscura y grandes ojos marrones, conversando con una chica. “Vení si querés, linda” me dijo. Me sumé a la conversación. Nos contó que su nombre es Miguel, fue uno de los locutores fundadores de la radio, estuvo internado en el Borda de joven, y luego de ocho años salió, se casó y formó su familia. Actualmente, desde su posición de ex-paciente, lucha “por los derechos de sus compañeros contra el cierre del hospital, lucha por ellos porque nadie los escucha, no tienen ni voz ni voto, a nadie le importan porque no pueden votar”. Me explicó que si cerraran la institución, muchos de los internos quedarían en la calle. Al rato lo llamaron para que ayude en la cocina, y yo me quedé anotando en mi cuaderno algunos de los datos que me había dado. Mientras escribía, de repente, me sacaron el lápiz de mi mano. Asustada y sorprendida, me di vuelta y vi a un joven, tendría unos treinta años como mucho, con flequillo, pelo largo y un pañuelo cuadriculado. Cuando giré y lo vi, actuando de distraído, me dijo: “qué lindo día, no?”. Me reí, nos reímos por un rato, me devolvió el lápiz y siguió su camino.
Al finalizar el tercer o cuarto intervalo –a esta altura, ya no tenía una clara noción de qué estaba saliendo al aire y qué no- esta vez fue Eduardo quien tomó el micrófono. Él, canoso de pelo largo, con un gorro de lana negro, comenzó a contar una historia acerca de unos marcianitos llamamos “chichistas” y “duhaldistas” que eran malignos y habían diseñado a otro marcianito, aun con mayor maldad dentro de él, llamado Macri, quien quería hacer muchas cosas malas y odiaba todas las palabras que contengan la letra “K”. Su fuerza y determinación al pronunciar el discurso provocó una ovación generalizada.

La despedida
Aunque no parecía tan tarde, ya estaba empezando a oscurecer. Eran casi las 6 de la tarde y la radio debía finalizar. Una de las voluntarias dijo algunas palabras como cierre del programa y repitió la invitación al cumpleaños de la radio. Antes de que termine, cuando estaba a punto de despedirse y cortar la transmisión, el viejo Carlitos pidió la palabra. Nos agradeció por haber ido a visitarlos, y nos dijo que nos quería porque él tiene corazón, y “el que tiene corazón, quiere a todo el mundo”. Todos aplaudimos por largo rato. El programa ya no estaba al aire, pero la música seguía sonando, al igual que los agradecimientos de ambos lados. Como no podía ser de otra manera, nos despedimos bailando y riendo, conservando la esencia de La Colifata.

El afuera
Ya era casi de noche, el colectivo habrá tardado 10 minutos, pero entre el frío y el cansancio, pareció mucho más. Durante el viaje de vuelta, subió una señora mayor. Yo estaba parada al fondo, por lo cual no llegué a escuchar bien lo que decía, pero noté que estaba discutiendo con el colectivero con gran intensidad. Aparentemente, la pelea se habría originado a causa del mal funcionamiento de la máquina de monedas pero derivó en fuertes insultos que nada tenían que ver con eso. ¡Qué mundo de locos!

viernes, 5 de agosto de 2011

Proyecto Narrativo: 2da Versión

El afuera
Sábado por la tarde, el colectivo 95 es el que me llevó hasta mi destino luego de un largo viaje. A diferencia de casi todos los pasajeros, acostumbro a anteponer la simple palabra “Hola” o la frase “Buenos días” al usual pedido “$1,25”, cuando subo al colectivo, lo cual no creo haberlo escuchado salir de la boca de nadie más luego de mi ingreso al mismo. Ya acomodada en uno de los asientos, giré la cabeza y comencé a observar por la ventana lo que ocurría en las veredas. La visión no resultó ser tan nítida como esperaba, pero bastó con forzar un poco la vista para convertirme en espectadora de situaciones cotidianas “normales” actuadas por personas de quienes no conocía absolutamente nada (y sigo sin conocer).
De todos los autos que pasaban, la mayoría tenían ventanas opacas que no dejaban ver su interior, ni siquiera a quién estaba delante del volante. Dos o tres espacios públicos verdes aparecieron en el camino, pero no logré ver si había niños jugando allí debido a las rejas grises que los rodeaban. Inmensa fue la incomodidad que sentí al cruzar –accidentalmente- la mirada con otro pasajero, cuyos ojos casi instantáneamente giraron hacia otro lado (no estoy segura hacia cuál pero seguro hacia cualquiera que no fuera donde yo me encontraba). Las mujeres –también algunos hombres- tenían cubiertos sus rostros con productos artificiales, lo cual entorpecía la admiración de sus rasgos naturales. Cuadra por medio, había individuos o incluso familias que parecían vivir en las calles, a pesar de la indiferencia de la gente que pasaba por su lado, no creo haber sido la única que los notaba. Como una constante de las veredas porteñas, las personas pasaban corriendo de un lado al otro, estresadas incluso un día Sábado.

La fachada
Finalmente, llegué a destino. Fui cordialmente recibida por carteles pegados en la entrada y graffitis escritos en las paredes: “No al vaciamiento del Borda”, “No dejemos que Macri cierre el Borda”, “¡Queremos gas ya!”. Ya hace más de un año, el Congreso Nacional aprobó una ley para cerrar el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda –al igual que al resto de los hospitales psiquiátricos del todo el país-. Pacientes, ex-pacientes, trabajadores, y mucha gente más lucha día a día para evitar que esta ley se lleve a cabo, convirtiendo el Borda en un Shopping.
Sin embargo, no es la única lucha que deben librar. Hace más de tres meses se encuentran sin gas, lo cual el Gobierno de la Ciudad intentó resolver a través de la provisión de termotanques y viandas de comida, pero no es suficiente para los 700 pacientes que viven allí. La difícil situación ya forma parte de la vida cotidiana del Borda, lo cual se refleja en los carteles y graffitis que allí proliferan, hecho imposible de ignorar al entrar al hospital, e incluso al verlo desde afuera.

Hall de entrada
Nadie me preguntó nada cuando entré al primer edificio, pasé inadvertida ante la mirada de las dos guardias de seguridad que se encontraban en la entrada del estacionamiento. Una vez dentro, podría haberme intrometido en los pasillos del hospital, pero como ese no era mi objetivo (al menos no en esta visita), le pregunté a otro guardia de seguridad por indicaciones, a lo cual me señaló que debía caminar para la derecha y luego doblar y seguir hasta el fondo.
Todavía medio confundida, intenté seguir sus instrucciones pero me confundí, por lo cual me gritó indicándome, mediante gestos, el camino que me había explicado anteriormente. Un poco avergonzada por la falta de comprensión, comencé a caminar hacia la derecha –ahora sí en el camino correcto-, luego doblé hacia la derecha nuevamente, crucé unas rejas verdes y se abrió ante mí una especie de ciudad en miniatura, nada comparado a lo que yo imaginaba al pensar en “Hospital Borda”.

El adentro
El Borda no era un edificio único pintado de blanco ni nada por el estilo, sino una especie de bosque talado, aún con varios árboles en pie, y grandes edificios mezclados entre ellos. En algunos lugares había carteles que indicaban los nombres de las calles que se cruzaban en determinadas intersecciones (aunque en verdad no eran siquiera esquinas definidas). Mientras caminaba libremente por allí, veía pasar esporádicamente a pacientes, uno me saludó de lejos levantando su mano, a lo cual le respondí de la misma manera, el resto no mostraba signo alguno que denotara asombro o extrañeza ante mi presencia. Ellos, al igual que yo, caminaban por allí con absoluta libertad, “como en casa” diríamos en criollo, la diferencia es que para ellos, ese lugar era literalmente su casa, y yo me encontraba solamente de visita. Lamento romper con el sentido común, pero los pacientes no estaban encerrados, no estaban con chalecos de fuerza dentro de una habitación blanca acolchonada, y quizá para sorpresa de muchos, ninguno corrió hacia mí para atacarme. Por el contrario, al verme desorientada, un morocho de pelo corto, con un divertido sweater celeste y blanco, me saludó –con un tono de voz bastante enérgico, quizá excedidamente fuerte en comparación a la distancia que nos separaba- y me señaló el lugar donde se estaba grabando la radio.
Al principio creí que me había mandado al imponente edificio blanco con la inscripción “Servicio Penitenciario Federal” en el frente. Sin embargo, luego de reírnos por un rato debido a la confusión, me contó que en la actualidad, este edificio se encuentra desalojado, al igual que muchos pabellones del Borda, vacíos. Cada vez son menos los internos y muchos salen sin ser curados, a causa de la falta de recursos destinados al hospital. Sin dudas, esto resulta bastante conveniente para los que pretenden cerrar la institución, pero todo lo contrario para los que la consideran su hogar.

Pabellón central
“Buenas tardes, aquí transmite LT22 Radio La Colifata, desde el Hospital Borda” escuché mientras me acercaba, agradeciendo por dentro que había llegado a tiempo al comienzo del programa.  En el medio del patio, entre los árboles sin hojas, había un semicírculo de personas, casi todos jóvenes veinteañeros, entre los cuales se mezclaban unos 15 internos del hospital. Cerrando la ronda, unas mesas con dos notebooks manejadas por dos mujeres –voluntarias, una de ellas psicóloga- un órgano frente al cual estaba sentado uno de los pacientes, y dos micrófonos con largos cables que un joven voluntario iba alcanzando a los que quisieran hablar. Así estaba conformada La Colifata, un espacio producido por los mismos pacientes del Hospital Borda, abierto todos los Sábados. Según lo que pude apreciar, los voluntarios solamente manejan la parte técnica y ayudan a organizar la situación, interviniendo de vez en cuando, pero son los internos quienes se encargan de producir todo lo que sale al aire en vivo.
A modo de promoción, una de las voluntarias recordó que la semana que viene festejarán el 20º aniversario de la radio, contando la historia de la misma, allí participarán todos sus integrantes y estará invitado todo el que quiera asistir. Mientras ella hablaba, llegó al lugar Hugo López, externado del Borda y famoso locutor de La Colifata, quien, puede verse, es muy querido por todos los pacientes. A su llegada comenzaron las bromas, diciendo que Hugo siempre llega e interrumpe todo y cosas por el estilo. Todos rieron un rato, y él intervino retomando la invitación al festejo de cumpleaños de la radio.
Minutos más tarde, otro de los pacientes, Fernando, tomó el micrófono, pero esta vez para hacer un chiste: “Un hombre llama por teléfono y dice ‘hola, ¿hablo con el manicomio?’, y al otro lado de la línea le contestan ‘no, acá no hay teléfono’”. Todos reímos. Al principio me resultó sorprendente que un mismo paciente del Borda haga chistes acerca de un manicomio y también que todo el resto ría desaforadamente a causa de los mismos, resulta asombroso que lo tomen con tal naturalidad y se rían de ellos mismos, o mejor dicho, de la concepción que el resto tiene de ellos (los “locos”, los “chiflados”, los “maniáticos”, los “desequilibrados”), algo que muchos “cuerdos” todavía no han aprendido a hacer. Inédito.

Pabellón “A”
 “Adrián habla de rock” fue una de las secciones de la radio. Quizá les vendría bien modificar el nombre de la misma, porque Adrián, apenas agarró el micrófono, se puso a cantar. Estaba con una gorra y anteojos de sol, lo cual no permitía que llegara a ver sus ojos, pero seguramente, luego de finalizar las tres canciones, seguido por los aplausos del público, sus ojos acompañaban su gran sonrisa. En medio de una de las melodías, Pajarito, otro paciente de edad media, se acomodó su gorro blanco y se puso a bailar en el medio de la ronda, cada tanto levantándose los pantalones que se le caían.
Otra de las secciones de la radio es “Visitas”, dirigida por Julio, canoso de pelo largo, con un gorro y anteojos. Una vez con micrófono en mano, contó a los oyentes que ese día había venido un grupo de estudiantes de Psicología de Rosario, por lo cual estaban todos muy contentos. Luego de su presentación, les dio la palabra a los estudiantes, varias veces interrumpidos por algunos de los pacientes, que mencionaban cuán felices estaban por su visita y halagaban a la ciudad de Rosario, donde ellos pudieron viajar unos meses atrás. Mientras uno de los estudiantes hablaba, Alejandro, con sus grandes ojos verdes, que si la vista no me fallaba, estaban algo acuosos, se metió en el medio de la ronda y dijo: “Feliz cumple para mí que cumplo 39 años”. Luego pidió cantar con los chicos del público porque no los puede ver los días de semana porque está encerrado, ante lo cual no dudamos en cantarle bien fuerte el feliz cumpleaños.

Capilla
“Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…” comenzó a cantar uno de los pacientes repentinamente, a lo cual le siguió una reflexión cuasi filosófica acerca del tiempo, donde cada uno daba su punto de vista (cuando querían hablar pedían la palabra, y alguno de los voluntarios le alcanzaban el micrófono). Una mujer incluso llegó a decir que el deseo de ser inmortal es un problema, porque no sólo queremos ser inmortales sino que queremos ser eternamente jóvenes, a lo cual todos asentimos con la cabeza, excepto Hugo López, quien la interrumpió para pedir que la aplaudamos. Todos obedecimos y ella hizo unas reverencias, a modo de agradecimiento y modestia.
Luego del debate, Carlitos, un anciano canoso, de ojos cristalinamente celestes, con una cara pequeña y muy arrugada, sin dejar de comer sus galletitas, pidió la palabra. Comenzó a hablar sobre el clima, a lo cual una de las voluntarias le explicó que estaban hablando sobre el tiempo del reloj, no del clima. A él no le cambió mucho, porque también para ese tipo de tiempo tenía algo que decir, y tuvieron que decirle que deje hablar a otros porque no mostraba indicio alguno de soltar el micrófono dentro de lo que duraría la transmisión. Al finalizar, se paró y comenzó a dar vueltas por la ronda pidiendo un cigarrillo hasta que una de las visitantes le convidó uno, lo encendió y volvió a sentarse, intercalando en su boca galletitas y pitadas.

Casa del casero
Pajarito, personajes simpáticos sí los hay, no paró de hablar con las chicas del público, incluso cuando se encontraba al aire. Debido a la distancia, no llegué a escuchar lo que decía, pero debía de ser algo gracioso porque en cada pausa que él realizada, todos a su alrededor reían a carcajadas. Más allá de que el público estaba entretenido con su sketch, uno de los voluntarios se acercó para pedirle que haga silencio, pero antes que él siquiera pueda hablar, Pajarito dijo exactamente lo que el joven estaba a punto de decir como si lo supiera de memoria, a lo cual el voluntario le dijo que ya que sabía lo que le iba a pedir, lo ponga en práctica. En el momento, Pajarito, con cara de resignado, hizo silencio, pero eso duró sólo uno o dos minutos, ya que luego siguió hablando con su público, pero esta vez para hacer un “truco de magia”. “Decime un color, un tamaño y elegí entre ella o ella”, dijo a una integrante del público mientras señalaba a otras dos. La chica dijo amarillo y grande, luego de lo cual Pajarito se acercó a la otra y le dijo: “vos en la cartera tenés que tener algo que sea amarillo y grande”. Luego de revolver un poco, la chica encontró un paquete de galletitas con franjas amarillas, por lo que Pajarito, muy contento (y algo sorprendido porque le había salido bien el truco), acompañado por los aplausos de la gente, comenzó a reírse diciendo: ¡soy un mago!

Cocina
En el intervalo de la radio, se puso música de fondo, una chacarera. La acompañaron con la guitarra Hugo López y Julio con su voz. Hugo guiaba al público que no sabía la letra para que haga los coros, y varios de los pacientes –Pajarito fue el que tomó la iniciativa- sacaron a bailar a las chicas. Al mismo tiempo, algunos voluntarios comenzaron a repartirles a los internos chocolatada caliente y churros, linda compañía para una fría tarde de invierno. Para las visitas, la chocolatada o el café valía $3, y las galletitas eran gratis.
Mientras algunos merendaban, otros seguíamos bailando al compás de la chacarera, la cual concluyó cuando Hugo dejó su guitarra y empezó a leer una receta de cocina de una revista: bondiola con salsa de mostaza y cerveza. Se mezclaban entre los ingredientes, chistes y comentarios relacionados, provocando la risa de todos, principalmente del viejo Carlitos que entre carcajadas llegó a exclamar: ¡qué loco!

Pabellón “H”
Luego de recitar la receta, Hugo López nuevamente quiso que cantemos. “Vamos a cantar todos, el que no canta, es normal” dijo a modo de invitación, lo cual sirvió para que absolutamente todos nos sumemos a la canción, por lo menos mediante aplausos al compás de la melodía. Al finalizar la balada, comenzó a filosofar sobre las estrellas, quejándose de que en la ciudad, entre tantos edificios, ya no podíamos verlas, y dijo: “Qué triste un cielo sin estrellas! Es como un mundo sin música, un mundo sin amor, un mundo sin locos, sin los locos lindos de La Colifata, qué triste sería el mundo”, ante lo cual no pude hacer más que sonreír y elogiarlo con la mirada.
Una vez que cesaron los aplausos, otro de los pacientes, canoso de pelo por los hombros, tomó el micrófono y contó parte de su historia: “Esta semana cumplo 23 años de loco y los locos no mentimos, a muchos nos trajeron engañados a un chequeo rutinario y nos dejaron acá, la familia nos abandona y el gobierno se olvida que existimos, pero nosotros no engañamos como ellos. Pensar que yo estaba cuando La Colifata se escuchaba a través de un simple cassette, pero mejor dejémoslo ahí porque se me pianta un lagrimón. ¡Bienvenidos a la locura!”.
A unos metros por fuera de la ronda, noté sentados a un paciente y un joven –quien no logré distinguir si también era interno o no-, me quedé observándolos hasta que uno de ellos me llamó con un gesto. Me acerqué y me preguntó si sabía en que número (de frecuencia) estaba la radio, a lo cual le respondí, aunque me pareció extraño que teniendo la radio en vivo quisiera escucharla mediatizada. Tras unas vueltas de dial, el joven dio con La Colifata. El paciente sonrió y con los ojos llenos de felicidad, me pidió que me acercara. Bajé a su altura e inesperadamente, me dio un beso en la mejilla, acompañado de un “gracias”. Le devolví el agradecimiento y me alejé mientras observaba lo feliz que estaba de estar escuchando la radio a través de sus pequeños auriculares.

Guardia
Caminé algunos pasos y me topé con un muro hecho con mosaicos, mostrando la imagen de distintas personas con un cartel que decía: “La Colifata, siempre fui loco, construyendo puentes donde hay muros”, lema identificativo de la radio. Al lado mío había un hombre de baja estatura, morocho, de tez algo oscura y grandes ojos marrones, conversando con una chica; “vení si querés, linda” me dijo. Me sumé a la conversación, nos contó que su nombre es Miguel, fue uno de los locutores fundadores de la radio, estuvo internado en el Borda de joven, y luego de ocho años salió, se casó y formó su familia. Actualmente, desde su posición de ex-paciente, lucha por los derechos de sus compañeros contra el cierre del hospital, lucha por ellos porque “nadie los escucha, no tienen ni voz ni voto, a nadie le importan porque no pueden votar”, y me explicó que si cerraran la institución, muchos de los internos quedarían en la calle. Al rato lo llamaron para que ayude en la cocina, y yo me quedé anotando en mi cuaderno algunos de los datos que me había dado. Mientras escribía, de repente, me sacaron el lápiz de mi mano. Asustada y sorprendida, me di vuelta y vi a un joven, tendría unos treinta años como mucho, con flequillo, pelo largo y un pañuelo cuadriculado. Apenas lo vi, actuando de distraído, me dijo: “qué lindo día, no?”. Me reí, nos reímos por un rato, me devolvió el lápiz y siguió su camino.
Al finalizar el tercer o cuarto intervalo –a esta altura, ya no tenía una clara noción de qué salía al aire y qué no- esta vez fue Eduardo quien tomó el micrófono. Él, canoso de pelo largo, con un gorro de lana negro, comenzó a contar una historia acerca de unos marcianitos llamamos “chichistas” y “duhaldistas” que eran malignos y habían diseñado a otro marcianito, aun con mayor maldad dentro de él, llamado Macri, quien quería hacer muchas cosas malas y odiaba todas las palabras que contengan la letra “K”. Su discurso nos sorprendió a todos, pero lo que más nos cautivó fue la fuerza y la determinación con la que lo dijo.

Pabellón “Amable Jones”
Aunque no parecía tan tarde, ya estaba empezando a oscurecer, por lo cual una de las voluntarias dijo algunas palabras como cierre del programa y repitió la invitación al cumpleaños de la radio. Antes de que termine, cuando estaba a punto de despedirse y cortar la transmisión, Carlitos pidió la palabra. Desde una inocencia mezclada con sabiduría, nos agradeció por haber ido a visitarlos, y nos dijo que nos quería porque él tiene corazón, y “el que tiene corazón, quiere a todo el mundo”. Todos aplaudimos por largo rato. El programa ya no estaba al aire, pero la música seguía sonando, al igual que los agradecimientos de ambos lados. Como no podía ser de otra manera, nos despedimos bailando y riendo, conservando la esencia de La Colifata.

El afuera
Ya era casi de noche, el colectivo habrá tardado 10 minutos, aunque entre el frío y el cansancio, pareció mucho más. Durante el viaje de vuelta, subió una señora mayor. Yo estaba parada al fondo, por lo cual no llegué a escuchar bien lo que decía, pero logré divisar que estaba discutiendo con el colectivero fervorosamente. Aparentemente, la pelea se habría originado a causa del mal funcionamiento de la máquina de monedas, y a partir de allí, fue escalando grados de violencia hasta llegar a fuertes insultos. Fue ahí que me di cuenta que, luego de unas horas de distracción, había vuelto al verdadero mundo de locos.

martes, 2 de agosto de 2011

Proyecto Narrativo: 1ra Versión

Sábado por la tarde, el colectivo 95 es el que me llevó hasta mi destino luego de un largo viaje, durante el cual me entretuve observando por la ventana lo que ocurría en las veredas. La visión no resultó ser tan nítida como imaginaba, pero bastó con forzar un poco la vista para convertirme en espectadora de situaciones cotidianas “normales” actuadas por personas de quienes no conocía absolutamente nada. Aproximadamente, dos tercios de los autos que pasaban eran polarizados, tradición que ya no estoy segura si se sigue practicando por seguridad o privacidad obsesiva. En el camino, mi vista se encontró con dos o tres plazas, espacios verdes y públicos, sin embargo, todas ellas estaban rodeadas por rejas grises que impedían que pueda contemplar la manera en que los niños –supongo- jugaban allí. A diferencia de casi todos los pasajeros, acostumbro a anteponer la simple palabra “Hola” o la frase “Buenos días” al usual pedido “$1,25”, cuando subo al colectivo, lo cual no creo haberlo escuchado salir de la boca de nadie más luego de mi ingreso al mismo. Otra cosa que noté sobre este transporte es la incomodidad que genera el hecho de un cruce accidental de miradas entre dos pasajeros, lo cual si se sostiene en el tiempo, es visto como inapropiado. Las mujeres –también algunos hombres- cubren sus rostros con productos artificiales a modo de tapar sus rasgos naturales. Cuadra por medio, encuentro individuos o incluso familias que viven en las calles, a pesar de la indiferencia de la gente que pasa por su lado, no creo ser la única que los nota. Muchas personas corren de un lado al otro, se las ve estresadas a pesar de ser fin de semana, supuesto día de descanso.
Finalmente, llegué a destino. Fui cordialmente recibida por carteles pegados en la entrada y graffiti escritos en las paredes: “No al vaciamiento del Borda”, “No dejemos que Macri cierre el Borda”, “¡Queremos gas ya!”. Ya hace más de un año, el Congreso aprobó una ley para cerrar el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda –al igual que al resto de los hospitales psiquiátricos del todo el país-. Pacientes, ex-pacientes, trabajadores, y mucha gente más lucha día a día para evitar que esta ley se lleve a cabo, convirtiendo el Borda en un Shopping. Pero no es la única lucha que deben librar, ya que hace más de tres meses se encuentran sin gas, lo cual el Gobierno de la Ciudad intentó resolver a través de la provisión de termotanques y viandas de comida, pero no es suficiente para los 700 pacientes que viven allí.
La difícil situación ya forma parte de la vida cotidiana del Borda, lo cual se refleja en los carteles y graffitis que allí proliferan, hecho imposible de ignorar al entrar al hospital. Ya en el hall de entrada, me recibió un guardia de seguridad que me indicó que debía caminar para la derecha y luego doblar y seguir hasta el fondo. Todavía medio confundida, intenté seguir sus instrucciones pero me confundí, por lo cual me gritó indicándome, mediante gestos, el camino que me había explicado anteriormente. Un poco avergonzada por la falta de comprensión, comencé a caminar hacia la derecha –ahora sí en el camino correcto-, luego doblé hacia la derecha nuevamente, crucé unas rejas verdes y se abrió ante mí una especie de ciudad en miniatura, nada comparado a lo que yo imaginaba al pensar en “Hospital Borda”.
No era un edificio único pintado de blanco ni nada por el estilo, sino una especie de bosque talado mezclado con edificios, en algunos lugares había carteles que indicaban los nombres de las calles que se cruzaban en determinadas intersecciones (aunque en verdad no eran esquinas definidas). Mientras caminaba, veía pasar esporádicamente a pacientes. A diferencia de lo que suele imaginarse en el sentido común, los pacientes no estaban encerrados, no estaban con chalecos de fuerza dentro de una habitación blanca acolchonada, y mucho menos, corrieron a atacarme. Por el contrario, uno de ellos, al verme desorientada, me saludó y me señaló el lugar donde se estaba grabando la radio.
A unos pocos metros de donde me encontraba, había un semicírculo de personas, casi todos jóvenes veinteañeros, y cerrando la ronda, unas mesas con dos notebooks manejadas por dos mujeres –voluntarias, una de ellas psicóloga- un órgano frente al cual estaba sentado un interno, y dos micrófonos con largos cables que un joven voluntario iba alcanzando a los que quisieran hablar. Así estaba conformada la Radio La Colifata, un espacio producido por los mismos pacientes del Hospital Borda, abierto todos los Sábados. Los voluntarios solamente manejan la parte técnica y ayudan a organizar la situación, interviniendo de vez en cuando, pero son los internos quienes hablan y cantan al aire.
Frente al lugar donde nos encontrábamos, se imponía un gran edificio, el cual solía ser el Servicio Penitenciario Federal. En la actualidad, se encuentra desalojado, al igual que muchos pabellones del Borda, vacíos, cada vez son menos los internos y muchos salen sin ser curados, a causa de la falta de recursos destinados al hospital. Sin dudas, esto resulta bastante conveniente para los que pretenden cerrar la institución.
La radio se encuentra dividida en secciones, una de ellas es “Adrián habla de rock”. Quizá el nombre de la misma debería cambiar porque Adrián, apenas agarró el micrófono, se puso a cantar. Estaba con una gorra y anteojos de sol, lo cual no permitía que llegara a ver sus ojos, pero seguramente, luego de finalizar las tres canciones, seguido por los aplausos del público, sus ojos acompañaban su gran sonrisa. En una de las melodías, Pajarito, otro paciente de edad media, se acomodó su gorro blanco y se puso a bailar en el medio de la ronda, cada tanto levantándose los pantalones que se le caían.
Otra de las secciones de la radio es “Visitas”, dirigida por Julio, canoso de pelo largo, con un gorro y anteojos. Una vez con micrófono en mano, contó a los oyentes que ese día había venido un grupo de estudiantes de Psicología de Rosario, por lo cual estaban todos muy contentos. Luego de su presentación, les dio la palabra a los estudiantes, varias veces interrumpidos por algunos de los pacientes, que mencionaban cuán felices estaban por su visita y halagaban a la ciudad de Rosario, donde ellos pudieron viajar unos meses atrás. Mientras uno de los estudiantes hablaba, Alejandro, con sus grandes ojos verdes, que si la vista no me fallaba, estaban ya acuosos, se metió en el medio de la ronda y dijo: “Feliz cumple para mí que cumplo 39 años”. Luego pidió cantar con los chicos del público porque no los puede ver los días de semana porque está encerrado, refiriéndose a la falta de visitas más allá del día Sábado.
A modo de promoción, una de las voluntarias recordó que la semana que viene festejarán el 20º aniversario de la radio, contando la historia de la misma, allí participarán todos los pacientes y estará invitado todo el que quiera asistir. Mientras ella hablaba, llegó al lugar Hugo López, externado del Borda e integrante de La Colifata, quien, puede verse, es muy querido por todos los pacientes. A su llegada comenzaron las bromas, diciendo que Hugo siempre llega e interrumpe todo y cosas por el estilo, todos rieron un rato, y él intervino retomando la invitación al festejo de cumpleaños de la radio.
Minutos más tarde, otro de los pacientes tomó el micrófono, pero esta vez para hacer un chiste: “Un hombre llama por teléfono y dice ‘hola, ¿hablo con el manicomio?’, y al otro lado de la línea le contestan ‘no, acá no hay teléfono’”. Todos reímos, al principio me resultó sorprendente que un mismo paciente del Borda haga chistes acerca de un manicomio y también que todo el resto ría desaforadamente a causa de los mismos, pero luego me pareció ilustre que lo tomen con tal naturalidad y se rían de ellos mismos, algo que muchos “cuerdos” todavía no han aprendido a hacer. Inédito.
“Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…” comenzó a cantar uno de los pacientes repentinamente, a lo cual le siguió una reflexión cuasi filosófica acerca del tiempo, donde cada uno daba su punto de vista (cuando querían hablar pedían la palabra, y alguno de los voluntarios le alcanzaban el micrófono). Una mujer incluso llegó a decir que el deseo de ser inmortal es un problema, porque no sólo queremos ser inmortales sino que queremos ser eternamente jóvenes, a lo cual todos asentimos con la cabeza, excepto Hugo López, quien la interrumpió para pedir que la aplaudamos. Todos obedecimos y ella hizo unas reverencias, a modo de agradecimiento y modestia.
Luego del debate, Carlitos, un anciano canoso, de ojos cristalinamente celestes, con una cara pequeña y muy arrugada, sin dejar de comer sus galletitas, pidió la palabra. Comenzó a hablar sobre el clima, a lo cual una de las voluntarias le explicó que estaban hablando sobre el tiempo del reloj, no del clima. A él no le cambió mucho, porque también para ese tipo de tiempo tuvo algo que decir, y tuvieron que decirle que deje hablar a otros porque no mostraba indicio alguno de soltar el micrófono dentro de lo que duraría la transmisión.
Pajarito, personajes simpáticos sí los hay, no paró de hablar con chicas del público, incluso cuando se encontraba al aire. Debido a la distancia, no llegué a escuchar lo que decía, pero debía de ser algo gracioso porque en cada pausa que él realizada, todos a su alrededor reían a carcajadas. Más allá de que el público estaba entretenido con su sketch, uno de los voluntarios se acercó para pedirle que haga silencio, pero antes que él siquiera pueda hablar, Pajarito dijo exactamente lo que el joven estaba a punto de decir como si lo supiera de memoria, a lo cual el voluntario le dijo que ya que sabe lo que le iba a pedir, que lo ponga en práctica. En el momento, Pajarito, con cara de resignado, hizo silencio, pero eso duró sólo uno o dos minutos, ya que luego siguió hablando con su público, pero esta vez para hacer un “truco de magia”. “Decime un color, un tamaño y elegí entre ella o ella”, dijo a una integrante del público mientras señalaba a otras dos. La chica dijo amarillo y grande, luego de lo cual Pajarito se acercó a la otra y le dijo: “vos en la cartera tenés que tener algo que sea amarillo y grande”. Luego de revolver un poco, la chica encontró un paquete de galletitas con franjas amarillas, por lo que Pajarito, muy contento (y algo sorprendido porque le había salido bien el truco), acompañado por los aplausos de la gente, comenzó a reírse diciendo: ¡soy un mago!
En el intervalo de la radio, se puso música de fondo, una chacarera. La acompañaron con la guitarra Hugo López y Julio con su voz, Hugo guiaba al público que no sabía la letra para que haga los coros, y varios de los pacientes –Pajarito fue el que tomó la iniciativa- sacaron a bailar a las chicas. Se armó un divertido baile en lo que duró el intervalo, el cual finalizó cuando Hugo empezó a leer una receta de cocina de una revista: bondiola con salsa de mostaza y cerveza. Entre la lectura de los ingredientes, introducía chistes y comentarios que provocaban la risa de todos, principalmente del viejo Carlitos que entre carcajadas dijo: ¡qué loco! Sin pensar en que muchas veces esa palabra es dirigida a ellos despectivamente, Carlitos la utilizó de manera natural y espontánea, sin prejuicios de por medio.
Luego de recitar la receta, Hugo López nuevamente quiso que cantemos. “Vamos a cantar todos, el que no canta, es normal” dijo a modo de invitación, lo cual sirvió para que absolutamente todos nos sumemos a la canción, por lo menos mediante aplausos al compás de la melodía. Al finalizar la balada, comenzó a filosofar sobre las estrellas, quejándose de que en la ciudad, entre tantos edificios, ya no podíamos verlas, y dijo: “Qué triste un cielo sin estrellas! Es como un mundo sin música, un mundo sin amor, un mundo sin locos, sin los locos lindos de La Colifata, qué triste sería el mundo”, ante lo cual no pude hacer más que sonreír y elogiarlo con la mirada.
Una vez que cesaron los aplausos, otro de los pacientes, canoso de pelo por los hombros, tomó el micrófono y contó parte de su historia: “Esta semana cumplo 23 años de loco y los locos no mentimos, a muchos nos trajeron engañados a un chequeo rutinario y nos dejaron acá, la familia nos abandona y el gobierno se olvida que existimos, pero nosotros no engañamos. Pensar que yo estaba cuando La Colifata se escuchaba con un simple cassette, pero mejor dejémoslo ahí porque se me pianta un lagrimón. ¡Bienvenidos a la locura!”.
A unos metros por fuera de la ronda, noté sentados a un paciente y un joven –quien no logré distinguir si también era interno-, me quedé observándolos hasta que uno de ellos me llamó con un gesto. Me acerqué y me preguntó si sabía en que número (de frecuencia) estaba la radio, a lo cual le respondí, aunque me pareció extraño que teniendo la radio en vivo quisiera escucharla mediatizada. Tras unas vueltas de dial, el joven dio con La Colifata, ante lo cual el paciente sonrió y con los ojos llenos de felicidad, me pidió que me acercara. Bajé a su altura e inesperadamente, me dio un beso en el cachete, acompañado de un “gracias”. Le devolví el agradecimiento y me alejé mientras observaba lo feliz que estaba de estar escuchando la radio a través de los auriculares.
Caminé algunos pasos y me topé con un muro hecho con mosaicos, mostrando la imagen de distintas personas con un cartel que decía: “La Colifata, siempre fui loco, construyendo puentes donde hay muros”, lema identificativo de la radio. Al lado mío había un hombre de baja estatura, morocho, de tez algo oscura y grandes ojos marrones, conversando con una chica; “vení si querés, linda” me dijo. Me sumé a la conversación, nos contó que su nombre es Miguel, fue uno de los locutores fundadores de la radio, estuvo internado en el Borda de joven, y luego de ocho años salió, se casó y formó su familia. Actualmente, desde su posición de ex-paciente, lucha por los derechos de sus compañeros contra el cierre del hospital, lucha por ellos porque “nadie los escucha, no tienen ni voz ni voto, a nadie le importan porque no pueden votar”, y me explicó que si cerraran la institución, muchos de los internos quedarían en la calle. Al rato lo llamaron para que ayude en la cocina, y yo me quedé escribiendo algunos de los datos que me había dado. Mientras escribía en mi cuaderno, de repente, me sacaron el lápiz de mi mano. Asustada y sorprendida, me di vuelta y vi a un joven paciente, tendría unos treinta años como mucho, con flequillo, pelo largo y un pañuelo cuadriculado. Apenas lo vi, actuando de distraído, me dijo: “qué lindo día, no?”. Me reí, nos reímos por un rato, me devolvió el lápiz y siguió su camino.
Al finalizar otro de los intervalos, esta vez fue Eduardo el que tomó el micrófono. Él, canoso de pelo largo, con un gorro de lana negro, comenzó a contar una historia acerca de unos marcianitos llamamos “chichistas” y “duhaldistas” que eran malignos y habían diseñado a otro marcianito, aun con mayor maldad dentro de él, llamado Macri, quien quería hacer muchas cosas malas y odiaba todas las palabras que contengan la letra “K”. El discurso politizado de Eduardo refleja cómo los internos saben lo que sucede afuera, y claramente, tienen una idea formada acerca de lo mismo, no les resulta indiferente porque les afecta a ellos de manera directa, y aunque los que deberían, no quieran escucharlos, ellos no van a dejar de expresarse y luchar por sus derechos.
Ya se había hecho tarde, estaba empezando a oscurecer, por lo cual una de las voluntarias dijo algunas palabras como cierre del programa y repitió la invitación al cumpleaños de la radio. Antes de que termine, Carlitos pidió la palabra y desde una inocencia mezclada con sabiduría, nos agradeció por haber ido a visitarlos, y nos dijo que nos quería porque él tiene corazón, y “el que tiene corazón, quiere a todo el mundo”. Luego de esas hermosas palabras, todos aplaudimos por largo rato, el programa ya no estaba al aire, pero la música seguía sonando. Como no podía ser de otra manera, nos despedimos bailando y riendo, linda manera de finalizar una experiencia tan enriquecedora.
Luego de despedirme y agradecerles a todos los que hicieron que pase una hermosa y cálida tarde, volví al frío del afuera. En el colectivo de vuelta, subió una señora mayor, yo estaba parada al fondo, por lo cual no llegué a escuchar bien lo que decía, pero logré divisar que estaba discutiendo con el colectivero fervorosamente, aparentemente debido al mal funcionamiento de la máquina de monedas. Fue ahí que me di cuenta que, luego de unas horas de distracción, había vuelto al verdadero mundo de locos.

jueves, 28 de julio de 2011

Caparrós como guía


Como mencioné anteriormente, estos días estuve releyendo con mayor profundidad a Caparrós. Desde un principio, me había gustado mucho su manera de escribir, y ahora puse mayor atención en ideas que plantea que me resultan muy interesantes para ponerlas en práctica y llevar a cabo mi proyecto narrativo:


"Me gusta escuchar: viajar es, más que nada, un ejercicio de la escucha. Pero me agota, por momentos. Escuchar es tanto más cansador que hablar: uno habla con sus propias palabras, con lo que ya conoce y, salvo epifanías, se sorprende muy poco. Escuchar, en cambio –no digo oír, digo escuchar- necesita una
atención muy especial: esperar lo inesperado todo el tiempo".

"Yo no investigo, no hurgo, no busco nada oculto: con lo visible alcanza. El problema no es descubrir; el problema está en hacer sentido con lo que se ve. Entender, que le dicen: cruzar, relacionar, pensar causas y efectos: arriesgarse. La verdad, si es que existe este bicho, está en las relaciones. Buscar lo culto es quedarse en la superficie de las cosas (...) el cronista sólo puede estar atento y esperar".

" ...caminar por la selva no sólo implica la ignorancia sino, sobre todo, la conciencia extrema de esa ignorancia. Un punto: esa conciencia aparece porque decidimos observar nuestra ignorancia. 
(...) Quizás, viajar sirva para no pensar que tampoco entendemos lo propio, lo cercano".

"Viajar sería también el esfuerzo de interesarse en cosas perfectamente ininteresantes: creerlas atractivas. Y fracasar muy a menudo en el intento".

"La causa más testaruda es el azar y cualquier viaje lo pone en evidencia. Yo busco, por supuesto que busco y tengo ideas y planes previos. Pero llega un punto en que encontrarme a fulano o mengana, a tal o cual, es felizmente incontrolable. Por eso también este relato no podría ser exhaustivo. Es una sucesión de azares... Un viaje es provocar el azar para que se pique y decida manifestarse con todo su poder, toda su furia".

En conclusión, siguiendo a Caparrós, antes de ir al Borda, pretendo tener en claro algunas ideas y objetivos a modo de poder aprovechar la experiencia al máximo para luego poder plasmar todo en la crónica: voy a escuchar, a observar, a abrirme a absolutamente todo lo que pueda llegar a ocurrir en mi visita, a dejar que el azar actúe y exponga ante mí acontecimientos "felizmente incontrolables", voy a interesarme en lo que habitualmente pueda parecerme ininteresante, voy a aceptar mi ignorancia a modo de intentar comprender lo cercano, y no voy a observar lo que ocurre desde afuera, como si fuera algo externo a mí; en definitiva, voy a intentar darle sentido a lo que vea, sin buscar más allá, sino interesándome en los detalles aparentemente más triviales.   

Conociendo al Borda


Después de varias vueltas, ya lo tengo decidido: este Sábado voy a ir al Hospital Borda para presenciar en vivo la grabación de la Radio La Colifata, y si llego con el tiempo, me voy a quedar a ver una película que van a pasar, dentro del Ciclo de Cine a causa de los 20 años de emisión que cumple la radio este año. Mientras tanto, sigo leyendo a Caparrós, de quien estoy sacando varias ideas interesantes (que comentaré proximamente en otra entrada). Debido a que hasta el Sábado no voy a poder empezar de lleno con mi crónica, estos días estuve averiguando un poco más acerca del Borda y de la radio, por lo cual paso a contarles parte de la información que conseguí.

El Hospital Interdisciplinario Psicoasistencial José Tiburcio Borda –nombre bastante largo e inédito para los que solamente lo conocemos como “El Borda”- es una de las principales instituciones argentinas dedicadas a la salud mental y un importante centro de investigaciones en neurobiología, psicopatología y relaciones psiquismo-cerebro. Se encuentra en la Ciudad de Buenos Aires, en el barrio de Barracas, fue fundado el 11 de noviembre de 1865 con el nombre de Hospicio de San Buenaventura y rebautizado Hospicio de las Mercedes en el año 1888. Desde 1905 hasta 1993, el hospital dependió de la administración nacional; en ese período se lo llamó Hospital Nacional Neuropsiquiátrico de Hombres,  y finalmente, en el año 1967 se lo bautizó formalmente como el Hospital Nacional José T. Borda, en honor al titular de la cátedra de Psiquiatría de la Universidad de Buenos Aires .
En la actualidad, los internos del Hospital Borda llegan a ser unos 700 (aproximadamente), la mayoría de sexo masculino, mayores de 18 años, que padecen enfermedades mentales graves. Algunos requieren de tratamientos ambulatorios, pero la gran mayoría precisa de prolongados períodos de internación. Es decir, que para muchos el hospital es su hogar; sin embargo, al ser una institución pública –no prioritaria para el presupuesto del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires- las condiciones materiales de vida allí son bastante precarias. Al tratarse de internos de un hospital psiquiátrico, la mayoría no tiene la posibilidad de acceder a un trabajo en “el afuera” ni de ejercer sus derechos como ciudadanos (en una de las elecciones presidenciales, las autoridades del hospital decidieron hacer una votación interna para que los pacientes puedan vivenciar esta experiencia, más allá de que sus votos no tuvieron influencia alguna en los nacionales, ya que solamente fue un simulacro). Por estas razones, los internos terminan siendo marginados de la realidad social, y luego de años de internación, muchos ya no conocen otra realidad posible.
A modo de mejorar la calidad de vida de los pacientes, el psicólogo Alfredo Olivera, inauguró ene l año 1991 la Radio La Colifata. Este proyecto nació con dos objetivos principales: en cuanto a “los de afuera”, se propone ayudar a mejorar la comprensión del problema de la demencia, “la disminución del estigma social hacia personas que han sido diagnosticadas de algún padecer psíquico, con el objetivo de lograr una sociedad más tolerante e inclusiva” (fuente:  www.lacolifata.org); y con respecto a “los de adentro” , La Colifata se propone reconstruir el uso del lenguaje, dotar a los pacientes de cierta autonomía, que se den cuenta que pueden comunicar y que serán escuchados si expresan sus pensamientos, ejerciendo sus derechos ciudadanos.  Sin dudas, esta radio tiene elementos altamente positivos para ambos lados, y en todos estos años de emisión ha ayudado mucho tanto a los pacientes como a los oyentes de la misma.
Como es de público conocimiento, ya hace más de tres meses, el Hospital Borda se encuentra sin gas. Imagínense si para nosotros sería difícil vivir sin gas, lo que significa para las 700 personas allí internadas. La página web del Gobierno de la Ciudad explica que la situación empezó a causa de roturas de caños y tuberías provocadas durante remodelaciones de las instalaciones, y enumera las “soluciones” proporcionadas:
·    Se instalaron 32 termotanques eléctricos para aseo de los pacientes
·    El servicio de comida caliente está siendo suministrado correctamente por la concesión del comedor del Hospital.
·    Se realizó la compra e instalación de anafes eléctricos en los pabellones, para permitir calentar agua.
·    Se instalaron y se siguen instalando placas eléctricas en los pabellones ocupados con pacientes.
Sin embargo,  el personal del hospital vive una lucha diaria, intentando mantener caliente la comida que llega en viandas y apurándose a la hora de bañar a los pacientes debido al rápido enfriamiento del agua, bañando a los pacientes de a dos por vez (esto implica 450 turnos de baño). Claramente, además de los internos, las 1200 personas que conforman el personal del hospital tienen el doble del trabajo y sus problemas no parecen disminuir dentro del corto plazo. Definitivamente, los 32 termotanques eléctricos que el Gobierno se jacta de haber instalado en sus declaraciones, no son suficientes.  Si tan sólo se olvidaran de la política por un rato, e intentaran ponerse en el lugar de los pacientes y los trabajadores del Borda, quizá se empeñarían un poco más por mejorar la situación, pero no podemos pedir milagros. Mientras tanto, todos los integrantes del Hospital conviven con la lucha y hacen todo lo posible por seguir adelante por el bienestar de los internos, quienes, al igual que todos nosotros, merecen una vida digna y en buenas condiciones.