lunes, 16 de mayo de 2011

Proceso de escritura

En un principio la consigna no parecía ser complicada, siempre me gustó inventar historias y narrarlas, crear cuentos que dejen algo, que hagan pensar al lector, no simplemente cuentos para pasar el rato, aunque podría pensarse que todo cuento deja pensando al lector al finalizar. Sin embargo, a esta consigna de narrar una historia se le sumaba una condición: narrar una primera vez de un personaje a partir de una palabra de un libro elegida al azar.
La palabra que encontré fue “reloj”, cuyo campo semántico era demasiado concreto. La mayoría de las palabras que mis compañeros escribieron alrededor de la principal describían distintos tipos de relojes, pero prácticamente ninguna mencionaba metáforas sobre el tiempo y lo que éste significa en nuestras vidas. Eso era lo que yo quería escribir, un cuento que nos haga reflexionar sobre cómo utilizamos y aprovechamos el limitado tiempo que tenemos en nuestras vidas, pero no me resultó tarea fácil, sobre todo debido a la segunda característica que debía tener el relato, la de narrar una primera vez.
Inmediatamente comencé a preguntarme cómo podía contar una primera vez de alguien con un reloj, un elemento tan cotidiano y naturalizado en nuestra vida diaria. Esa era la clave, desnaturalizar el reloj, de manera que los lectores puedan reflexionar sobre éste (siempre y cuando esté naturalizado, no será objeto de reflexión). Por esta razón, elegí crear un niño-protagonista, porque son los niños quienes cuestionan absolutamente todo lo que se encuentra a su alrededor, principalmente cuando es algo desconocido para ellos, como en mi texto lo es el reloj que su tío le regala al protagonista. Sin embargo, esta elección presentó más dificultades de las que había pensado que podría llegar a generar, no es tan simple como puede parecer utilizar el léxico y la manera de expresarse de un niño, ponerse en su piel y narrar desde su perspectiva, porque los que ya no somos niños perdimos –lamentablemente- esa inocencia y esa duda constante que suele caracterizarlos.
No obstante, la perspectiva no fue la única dificultad que se me presentó durante este proceso. Luego de una clase sobre el texto narrativo, comprendí que éste no tiene que explicar nada, no se tiene que justificar ante el lector sino que debe representar absolutamente todo sin explicación. Ahí fue que me di cuenta que debía modificar el texto, que debía dejar lugar a la imaginación del lector para que éste complete los datos no explicitados, y no justificar cada situación del cuento y cerrarlo con un moño explicando la moraleja al final del mismo (como si fuese una fábula popular de las que me leían de pequeña y que tantas enseñanzas me han dejado).
Ante estas complicaciones, decidí escribir una segunda versión de la historia. Creo que la pregunta aquí podría ser si conservé algo de la primera, y la respuesta sería que mantuve la esencia, pero no puedo dudar que hice un cambio rotundo, un texto de dos páginas de largo pasó a durar una página y un poco más de la segunda. Definitivamente reflexioné por largo tiempo sobre qué podía modificar del cuento a modo de representar y no explicar, y decidí cambiar la perspectiva del narrador. Ahora el narrador ya no sería el niño sino el adulto en que éste se convirtió, quien cuenta lo sucedido en su niñez como una de las enseñanzas que su tío le dejó al darle como regalo un reloj. Además, en esta segunda versión intenté sumergirme más en la mentalidad del niño, en la extrañeza que éste presenta ante un objeto desconocido y la manera en que intenta encontrarle una función al mismo, probando, arriesgándose a equivocarse hasta llegar a la verdad. Pero en este caso, el niño no llega a la verdad sino hasta convertirse en adulto, cuando entiende el verdadero significado de aquel viejo regalo.
Ahora bien, el problema con esta segunda versión fue la verosimilitud de algunos hechos, como por ejemplo el papel de regalo que la madre del niño conservaba guardado. Por esto, realicé una tercera versión, en la que lo que se guardan son los cuadernos escolares y entre ellos se había traspapelado la tarjetita de dedicatoria del regalo. Además, ya desde la segunda versión (característica que decidí mantener en la tercera) no se explicita la moraleja, no se menciona la enseñanza que el tío le quiso dar al niño sino que eso es una de las tantas cosas que, una vez que entendí lo que significa representar y no explicar, decidí dejar afuera del texto para darle lugar a la imaginación de los lectores.
Realmente, estoy muy contenta y satisfecha con esta tercera versión, y creo que aprendí elementos fundamentales del texto narrativo (no olvido la cuestión de la temporalidad que tanto costó implementarla correctamente, sobre todo en la primera versión que viajaba constantemente del presente al pasado y viceversa). Sin embargo, no creo que ésta sea la versión definitiva ni mucho menos, ya que no hay duda de que uno siempre encuentra algo más para corregir en su propio texto, pero si de algo estoy segura es de que estoy conforme con mi cuento en su forma actual y que finalmente pude dejar espacio para que los lectores se queden pensando y reflexionando luego de leerlo.

martes, 10 de mayo de 2011

Club Cultural Matienzo: 1° visita

Un espacio cultural alternativo, eso es lo que teníamos que visitar con mi grupo. Sin dudas, este término plantea muchas preguntas (¿qué es alternativo?, ¿qué puede considerarse cultural?, ¿realmente existe un espacio alternativo o todo espacio tiene algún aspecto que no lo deja permanecer dentro de esta categoría?) pero luego de discutir en clase algunas de estas, decidimos visitar una exposición de artistas plásticos en la Plaza Cortázar. Sin embargo, el clima no estuvo de nuestro lado, el día de la visita era un domingo lluvioso, nublado, oscuro, y luego de llamar a los organizadores de este espacio artístico, confirmamos que la exposición no se realizaba a causa de la lluvia. Por esta razón, decidimos pasar a la segunda opción: el Club Cultural Matienzo, el cual nos había sido recomendado pero, por lo menos yo, nunca había escuchado nombrarlo hasta ese momento. No obstante, luego de visitar la página web de este espacio, me sentí intrigada por saber cómo era el lugar y definitivamente interesada en conocerlo.
Así fue como el domingo por la tarde-noche llegamos al Club Cultural Matienzo, ubicado en el barrio de Belgrano, un centro donde se realizan diversos talleres y espectáculos. Dentro de los espectáculos que se realizan se destacan proyecciones de películas, presentaciones de músicos, muestras de arte pictórico y obras de teatro.
El lugar expone un espacio especial y distinto desde la primera impresión. Empezando por el frente , con una entrada muy pintoresca, pintada de todos los colores, incluyendo la decoración del exterior del aire acondicionado. Entre los colores, destaca el portón por el cual se ingresa, negro, con un elemento de metal para tocar (decorativo, ya que para ingresar resulta más práctico tocar el timbre). Esta fachada llama la atención a cualquiera que pase caminando por la zona, no hay duda de que se destaca notoriamente entre residencias y algunos comercios, y sirve de anticipo para lo que es el lugar por dentro. Gracias a esta creativa portada, uno siente intriga y curiosidad por saber qué hay al cruzar el portón, uno se siente invitado y tentado a traspasarlo.
Al entrar, uno se encuentra con un espacio distinto, seguramente único, ya que en mi caso nunca había visto algo así. Las paredes están decoradas con papel, de forma que al apagar las luces regulares y encender la luz violeta, brillan dejando ver las formas abstractas que los pedazos de papel dibujan. Además, hay colgados tres cuadros, dos son rostros fotográficos en blanco y negro (¿quiénes serán? Eso no lo sabemos, pero más allá de la identidad de esos rostros, se puede ver cómo están decorados con papelitos fluorescentes que dibujan en ellos bigotes, una corbata, las cejas, y otros elementos que resultan graciosos al observador), y el otro es un cuadro surrealista que muestra la imagen de un hombre-conejo corriendo, una imagen intrigante que definitivamente impacta a primera vista. Al fondo de la sala hay un imponente escenario sobre el que se presentan los artistas, iluminado con luces rojas, y detrás de éste se despliega una pantalla blanca, donde se proyectan las películas los días destinados a dicha actividad.
El lugar en sí es una casa antigua reformada que consta de tres pisos. El segundo no mantiene la ambientación del primero, sino que conserva el estilo de un hogar corriente, lo cual favorece al hecho de que los visitantes se sientan “como en casa”, es un ambiente cálido en el cual uno se siente bien recibido. Luego, si se siguen subiendo las escaleras, se encuentra la terraza, cuyas paredes están completamente pintadas de muchos colores, de nuevo con imágenes poco convencionales que incitan a poner en marcha la propia imaginación. Entre ellas, pasa prácticamente desapercibida una puerta, la cual lleva al espacio donde se graba la radio del lugar, la Colmena, que está abierta a la escucha del público durante todo el día.
Además de ser un espacio en el que se muestran o exponen trabajos culturales y se forman artistas, por las noches, Matienzo se convierte en un bar. Por esta razón, hay mesas desde las cuales uno puede pedir alimentos y bebidas para pasar el rato, mientras escucha de fondo música de distintos estilos que ambienta placenteramente el entorno. Justamente, el día que fuimos a visitar el lugar, la música era en vivo, y se presentaban en el escenario los músicos Osvaldo Ciccioli y Claudio H. Pudimos llegar a escuchar la prueba de sonido, en la cual se notó la familiaridad y el compañerismo existentes entre los que allí trabajan, quienes hacían bromas entre ellos y se reían en un ambiente relajado (no tensionado como muchos otros donde se presentan diversos artistas).
Sin duda alguna, Matienzo es un espacio cultural muy interesante, en el que además de ir a ver distintas exposiciones o muestras, se puede pasar un buen rato escuchando música y tomando algo entre amigos. Todas estas opciones unidas en un mismo lugar, incitan a un público mayoritariamente joven a acudir allí para tener una experiencia distinta, única y especial.

El Reloj (3° versión)


Aunque suene típico para comenzar un discurso en el cual se recuerda a alguien, me arriesgo a contarles que mi tío Francisco siempre fue una persona muy importante en mi vida, me enseñó muchas cosas que nunca voy a olvidar. Por eso, hoy, en este día tan triste pero especial, quiero contarles una de las tantas lecciones que supo darme, uno de los tantos hechos que demuestran la gran persona que supo ser y así es como siempre lo voy a recordar.
Hace mucho tiempo, cuando yo tenía tan sólo seis años, llegué de la escuela y me encontré con la grata sorpresa de que él había venido a visitarnos para merendar con nosotros (mi hermano, mi mamá y yo). Siempre que nos juntábamos, Franchi, como me gustaba decirle cuando era chica, se convertía en un nene más y esa tarde fue, como todas las que pasábamos juntos, muy divertida: jugamos a las escondidas, al pato ñato, armamos rompecabezas, y tantas cosas más que, rápidamente, se hizo de noche. Francisco ya se estaba por volver a su casa, pero antes de irse me dio un regalo, como siempre que nos veíamos. Nunca fui muy paciente, así que le saqué el paquete de sus manos, despegué la tarjeta con la que venía, la arrojé dentro de mi mochila y rompí el envoltorio con mucha emoción por descubrir qué contenía. Sin embargo, al abrir el regalo me desilusioné: era una pulsera, pero no un simple brazalete rosa como los que tenían la mayoría de mis amigas en esa época, era raro; tenía números alrededor, unas rayitas que daban vueltas sin parar, la parte para atarlo a la muñeca era de muchos colores y, para colmo, tenía un plástico que no me dejaba jugar con las rayitas movibles.
- Espéra Franchi, no te vayas! ¿Qué hace esta pulsera? Es muy rara, yo te dije que quería las que tienen formitas de animales, no esto! –le reproché a modo de capricho porque no me había dado exactamente lo que quería. Mi tío, desilusionado al no ver una sonrisa en mi cara, me dijo que su regalo era mejor que esas pulseras porque era mucho más que sólo eso. En ese momento no me importó mucho lo que tenía para decirme porque toda mi atención estaba puesta en descubrir qué podía hacer con esa cosa, por lo que me fui corriendo a mi habitación sin siquiera despedirme de mi tío.
Una vez en mi pieza me puse a inspeccionar minuciosamente cada centímetro del objeto, que aunque me parecía llamativo no entendía para qué podía llegar a servir. Primero pensé que la gracia del juego era marearse, entonces empecé a revolearlo para el otro lado del que se movían las rayitas y me puse a girar por toda la habitación, pero me mareé de la misma manera que cuando solía girar sin mirar nada en especial, así que deduje que esa no era su función. Después de mirarlo un rato más, pensé en mojarlo para ver si aumentaba su tamaño con el agua o si cambiaba de color, pero ninguna de esas dos cosas sucedió. Luego, jugué a tirarlo tan alto como podía intentando que toque el techo, y cuando estaba por caer corrí de un lado al otro para atajarlo, pero fue muy difícil porque el objeto era demasiado chico y lo perdí de vista cuando llegó muy alto, así que decidí que ese juego era mucho más divertido con una pelota. Por último, cuando pensé que había descubierto el secreto del regalo, lo golpeé con todas mis fuerzas contra el piso para romper el plástico que cubría a las rayitas movibles, pensando que el juego era moverlas hasta el cansancio. Sin embargo, el material era muy resistente y mis fuerzas muy pocas, así que no logré romperlo.
Luego de un largo rato probando muchas más cosas para averiguar cuál era la función de esa no-pulsera, me cansé y me fui a dormir, todavía un poco enojada con mi tío por haberme regalado algo que no hacía nada divertido. El objeto quedó tirado en algún rincón de mi habitación y al otro día ni siquiera me molesté en seguir buscándole una función, por lo que probablemente haya seguido allí durante algunos años hasta que mi mamá hizo limpieza y lo donó a un hogar de niños junto a otros juguetes viejos.
Hace unos días, entre melancolía, nostalgia y tristeza, me puse a releer viejos cuadernos de escuela, principalmente los de matemática, ya que mi tío siempre solía ayudarme a resolver los ejercicios que me daban de tarea. Entre las páginas de uno de los cuadernos, encontré una tarjeta pequeña, era un papel amarillento y viejo en el que reconocí la caligrafía de Francisco. Supongo que se debe haber traspapelado cuando la arrojé en mi mochila al recibir su “inservible” regalo, porque desde ese momento no la había vuelto a ver, y debido a la emoción por abrir el paquete, ni siquiera había llegado a leerla en aquel entonces. De todas maneras, de haberla leído hubiera pensando que era un trabalenguas muy difícil y no lo hubiera entendido, por lo cual me alegro de haberla encontrado recién ahora. Porque es en el presente que puedo entender lo que mi tío quiso decirme con ese regalo, en el momento no lo supe valorar, pero ahora lo entiendo y quiero agradecerle por haber sabido enseñarme tantas cosas, tantas lecciones. Ojalá todos tuvieran un tío como el mío, si esto fuera así, muchas cosas de nuestras vidas serían más fáciles.


El Reloj (2° versión)

Aunque suene típico para comenzar un discurso, me arriesgo a contarles que mi tío Francisco siempre fue una persona muy importante en mi vida, me enseñó muchas cosas que nunca voy a olvidar. Por eso, hoy, en este día tan triste pero especial, quiero contarles una de las tantas lecciones que supo darme, uno de los tantos hechos que demuestran la gran persona que supo ser y así es como siempre lo voy a recordar.
Hace mucho tiempo, cuando yo tenía tan sólo seis años, llegué de la escuela y me encontré con la grata sorpresa de que él había venido a visitarnos para merendar con nosotros (mi hermano, mi mamá y yo). Siempre que nos juntábamos, Franchi, como me gustaba decirle cuando era chica, se convertía en un nene más y esa tarde fue, como todas las que pasábamos juntos, muy divertida: jugamos a las escondidas, al pato ñato, armamos rompecabezas, y tantas cosas más que, rápidamente, se hizo de noche. Francisco ya se estaba por volver a su casa, pero antes de irse me dio un regalo, como siempre que nos veíamos. Nunca fui muy paciente, así que le saqué el paquete de sus manos y lo abrí con mucha emoción por descubrir qué era. Sin embargo, al abrirlo me desilusioné: era una pulsera, pero no un simple brazalete rosa como los que tenían la mayoría de mis amigas en esa época, era raro; tenía números alrededor, unas rayitas que daban vueltas sin parar, la parte para atarlo a la muñeca era de muchos colores y, para colmo, tenía un plástico que no me dejaba jugar con las rayitas movibles.
- Espéra Franchi, no te vayas! ¿Qué hace esta pulsera? Es muy rara, yo te dije que quería las que tienen formitas de animales, no esto! –le reproché a modo de capricho porque no me había dado exactamente lo que quería. Mi tío, desilusionado al no ver una sonrisa en mi cara, me dijo que su regalo era mejor que esas pulseras porque era mucho más que sólo eso. En ese momento no me importó mucho lo que tenía para decirme porque toda mi atención estaba puesta en descubrir qué podía hacer con esa cosa, por lo que me fui corriendo a mi habitación sin siquiera despedirme de mi tío.
Una vez en mi pieza me puse a inspeccionar minuciosamente cada centímetro del objeto, que aunque me parecía llamativo no entendía para qué podía llegar a servir. Primero pensé que la gracia del juego era marearse, entonces empecé a revolearlo para el otro lado del que se movían las rayitas mientras yo giraba por toda la habitación, pero me mareé de la misma manera que cuando giraba sin mirar nada en especial, así que deduje que esa no era su función. Después de mirarlo un rato más, pensé en mojarlo para ver si aumentaba su tamaño con el agua o si cambiaba de color, pero ninguna de esas dos cosas sucedió. Luego, jugué a tirarlo tan alto como podía intentando que llegara hasta el techo, y cuando estaba por caer corría de un lado al otro para atajarlo, pero era muy difícil porque era demasiado chico y lo perdía de vista cuando llegaba muy alto, así que decidí que ese juego era mucho más divertido con una pelota. Por último, cuando pensé que había descubierto el secreto del regalo, lo golpeé con todas mis fuerzas contra el piso para romper el plástico que cubría a las rayitas movibles, pensando que el juego era moverlas hasta el cansancio. Sin embargo, el material era muy resistente y mis fuerzas muy pocas, así que no pude romperlo.
Luego de un largo rato probando muchas más cosas para averiguar cuál era la función de esa no-pulsera, me cansé y me fui a dormir, todavía un poco enojada con mi tío por haberme regalado algo que no hacía nada divertido. El objeto quedó tirado en algún rincón de mi habitación y al otro día ni siquiera me molesté en seguir buscándole una función, por lo que probablemente haya seguido allí durante algunos años hasta que mi mamá hizo limpieza y lo donó a un hogar de niños junto a otros juguetes viejos.
Cuando era chica, mi mamá siempre guardaba los envoltorios de los regalos, y hace unos días, entre melancolía y nostalgia, me puse a revisarlos. Entre ellos, encontré el papel en el que venía empaquetado el obsequio de mi tío, y noté que tenía pegada una tarjetita con una dedicatoria que nunca había leído, ya que en el momento de abrirlo solamente quería saber qué había dentro. De todas maneras, de haberla leído hubiera pensando que era un trabalenguas muy difícil y no lo hubiera entendido, por lo cual me alegro de haberla encontrado recién ahora. La tarjeta, escrita a mano por mi tío, decía: “Este no es un regalo cualquiera, puede ser que cambie muchas cosas en tu vida, pero nunca te olvides de algo: esto no es lo que es, es lo que significa, es mucho más de lo que ves pero depende de vos lo que será. Sin que lo uses no es nada, pasa prácticamente desapercibido, no nos damos cuenta de que se va, pero vos no te olvides que está ahí! Porque una vez que se va, no vuelve, así que aprovechalo al máximo”. Y sí, mi tío siempre fue un hombre muy sabio.

Texto narrativo: El Reloj (1° versión)

Hasta ese día no conocía agujas que no sean para tejer, no había visto números dispuestos en forma circular más allá de algún juego matemático con el que se entretenía mi hermano mayor, nunca había contemplado una pulsera tan rara como la que me dio mi tío aquel día, o al menos eso es lo que yo pensaba que era.
No era mi cumpleaños, no era año nuevo, ni siquiera era alguna fiesta especial, era un día como cualquier otro. Yo tenía tan sólo seis años, había vuelto de la escuela con el micro, y cuando entré a mi casa, me encontré con la grata sorpresa de que mi tío Francisco había venido a visitarnos para merendar con nosotros (mi hermano, mi mamá y yo). Pasamos toda la tarde juntos, jugamos a las escondidas, al pato ñato, armamos rompecabezas, y tantas cosas más que, rápidamente, se hizo de noche. Franchi, como me gustaba llamarlo a mi tío de chica, se estaba por volver a su casa, pero antes de irse me dio un regalo, como siempre que nos veíamos. No sé por qué razón, pero esta vez era diferente, cuando me lo dio me dijo algo que me dejó pensando durante un largo tiempo:
- Este no es un regalo cualquiera, puede ser que cambie muchas cosas en tu vida, pero nunca te olvides de algo: esto no es lo que es, es lo que significa, es mucho más de lo que ves pero depende de vos lo que será. Sin que lo uses no es nada, pasa prácticamente desapercibido, no nos damos cuenta de que se va, pero vos no te olvides que está ahí! Porque una vez que se va, no vuelve, así que aprovechalo al máximo.
Mucho antes de que mi tío terminara de hablar, yo ya había abierto el paquete, nunca fui muy paciente para ese tipo de cosas. Sin embargo, a diferencia del resto de los regalos que él siempre me daba, este no me había causado gran entusiasmo en el momento en que lo abrí. Era una pulsera, pero no un simple brazalete rosa como los que tenían la mayoría de mis amigas, era raro; tenía números alrededor, unas rayitas que daban vueltas sin parar, la parte para atarlo a la muñeca era de muchos colores y, para colmo, tenía un plástico que no me dejaba jugar con las rayitas movibles.
- Esperá Franchi, no te vayas! ¿Qué quiere decir todo eso que me dijiste? – le pregunté luego de un tiempo de observar con mucha concentración el obsequio- ¿Para qué sirve esta pulsera y por qué las rayitas no paran de moverse?
- Es un reloj, ya lo vas a entender- me dijo mi tío antes de subirse al auto e irse rápidamente.
Sí, esas fueron sus únicas palabras. Tantas preguntas que tenía pensadas y él se fue como si nada, sin poder contestar ninguno de todos los interrogantes que andaban rondando por mi cabeza. En aquel momento, me enojé mucho con él, no entendía nada de lo que estaba pasando.
Al día siguiente me puse a examinar incansablemente el llamado “reloj”. Inspeccioné minuciosamente cada centímetro del objeto, le di vueltas, lo tiré al piso, lo mojé en la pileta de la cocina, y tantas cosas más habré hecho para averiguar cuál era su función. Incluso lo golpeé con un vaso para intentar romper el plástico que cubría las rayitas movibles, pensando que quizá el juego era moverlas como uno quería hasta marearse. Pero no hubo forma, nada funcionaba, ninguna de las acciones que probé me resultaban divertidas como para entender por qué mi tío Franchi me había regalado esa cosa tan extraña.
Otra cosa más no podía entender: mi tío me había dicho que lo aproveche porque una vez que se va, no vuelve. Pero las rayitas seguían dando vueltas y vueltas y vueltas sin parar, volviendo una y otra vez a pasar por los mismos números. Entonces, ¿mi tío me había mentido? Sí volvía, yo podía ver como pasaba de nuevo por los mismos lugares repetidamente, lo cual provocó en mí un enojo aún mayor para con él.
Cuando les pregunté a mis amigas si conocían un reloj, me dijeron que no y me aconsejaron que les pregunte a mis papás. Ellos creían que lo mejor era que yo descubra las respuestas por mí misma, por lo cual nunca me contestaban exactamente lo que les preguntaba. Así que, para sacarme la intriga de una buena vez, le pregunté a mi hermano, pero él, tan alegre como siempre, solamente me contestó: “Buscalo en el diccionario, si ya sabés leer! Estás grande como para estar preguntando esas cosas, ¿no te parece?” 
Desilusionada por las no-repuestas que conseguí en mi casa, decidí hacerle caso a mi hermano y al otro día, apenas llegué a la escuela, me dirigí directo hacia la biblioteca. Agarré el primer diccionario a la vista y busqué la palabra “reloj” en él: “Máquina dotada de movimiento uniforme, que sirve para medir el tiempo o dividir el día en horas, minutos y segundos”. Después de buscar algunas palabras que no conocía de la misma definición, entendí todo: un reloj es una cosa que se mueve siempre igual y mide el tiempo –dije exaltada por creer que había entendido el significado del tan intrigante reloj, pero la bibliotecaria no entendía mi excitación, así que me pidió que no hable y tuve que seguir elaborando mi teoría silenciosamente- entonces, cuando miro el reloj, veo el tiempo, y las rayitas movibles quieren decirme cuánto tiempo va pasando cada vez que las miro.
            Durante todo el viaje de vuelta me quedé pensando en lo que era el reloj, y cuando llegué a mi casa empecé a dudar. ¿Para qué medir el tiempo? Yo no quería saber cómo pasaban las horas, los minutos ni los segundos, lo único que me importaba era divertirme, no me interesaba cuántas líneas había pasado de largo la rayita movible mientras yo jugaba. Tampoco me afectaba saber a qué hora había empezado o cuántos minutos pasaron desde que me escondí hasta que me encontraron (en las escondidas), solamente quería pasarla bien, divertirme, a veces hasta ganar, pero ¿por qué querría saber cuánto tiempo había pasado? Quizá la pregunta no era por qué, en verdad ya sabía la respuesta a una pregunta más importante: no, simplemente no me interesaba saber.
            En ese momento no importó mucho, seguí usando el reloj pero solamente como pulsera, nunca me fijaba qué hora era. Pero los grandes sí lo hacían, no entendía por qué, pero mis papás, las maestras, mi hermano, todos estaban todo el tiempo mirando sus relojes. Perdían más tiempo fijándose cuánto había pasado desde que empezaron alguna actividad que disfrutando de la misma.
            De cualquier manera, a los adultos nunca los iba a entender, así que no me preocupaba mucho por eso. Solamente las palabras de un adulto en especial seguían retumbando en mi cabeza, las de mi tío Franchi, y recién hace poco tiempo pude comprender lo que me quiso decir. Tenía razón, el reloj que me regaló cambió mucho mi vida, cambió mi manera de ver el mundo y de disfrutar de las cosas cotidianas, aprendí a no prestarle demasiada atención al reloj, aprendí a pasarla bien sin importar cuánto tiempo duraba el juego, aprendí que los adultos muchas veces se preocupan demasiado por el tiempo y se olvidan de vivirlo. A muchos les importa más los minutos transcurridos que los minutos disfrutados, pero al fin y al cabo, ¿los minutos no disfrutados son realmente minutos transitados? No lo creo, porque como me dijo mi tío hace muchos años, el tiempo “sin que lo uses no es nada, pasa prácticamente desapercibido, no nos damos cuenta de que se va, pero…una vez que se va, no vuelve, así que aprovechalo al máximo”. Eso era lo que él me quería decir, lo que quería que yo entienda: que tenemos que vivir la vida y aprovechar cada momento, sin importar si son segundos u horas, lo importante es vivirlos, simplemente eso.