En un principio la consigna no parecía ser complicada, siempre me gustó inventar historias y narrarlas, crear cuentos que dejen algo, que hagan pensar al lector, no simplemente cuentos para pasar el rato, aunque podría pensarse que todo cuento deja pensando al lector al finalizar. Sin embargo, a esta consigna de narrar una historia se le sumaba una condición: narrar una primera vez de un personaje a partir de una palabra de un libro elegida al azar.
La palabra que encontré fue “reloj”, cuyo campo semántico era demasiado concreto. La mayoría de las palabras que mis compañeros escribieron alrededor de la principal describían distintos tipos de relojes, pero prácticamente ninguna mencionaba metáforas sobre el tiempo y lo que éste significa en nuestras vidas. Eso era lo que yo quería escribir, un cuento que nos haga reflexionar sobre cómo utilizamos y aprovechamos el limitado tiempo que tenemos en nuestras vidas, pero no me resultó tarea fácil, sobre todo debido a la segunda característica que debía tener el relato, la de narrar una primera vez.
Inmediatamente comencé a preguntarme cómo podía contar una primera vez de alguien con un reloj, un elemento tan cotidiano y naturalizado en nuestra vida diaria. Esa era la clave, desnaturalizar el reloj, de manera que los lectores puedan reflexionar sobre éste (siempre y cuando esté naturalizado, no será objeto de reflexión). Por esta razón, elegí crear un niño-protagonista, porque son los niños quienes cuestionan absolutamente todo lo que se encuentra a su alrededor, principalmente cuando es algo desconocido para ellos, como en mi texto lo es el reloj que su tío le regala al protagonista. Sin embargo, esta elección presentó más dificultades de las que había pensado que podría llegar a generar, no es tan simple como puede parecer utilizar el léxico y la manera de expresarse de un niño, ponerse en su piel y narrar desde su perspectiva, porque los que ya no somos niños perdimos –lamentablemente- esa inocencia y esa duda constante que suele caracterizarlos.
No obstante, la perspectiva no fue la única dificultad que se me presentó durante este proceso. Luego de una clase sobre el texto narrativo, comprendí que éste no tiene que explicar nada, no se tiene que justificar ante el lector sino que debe representar absolutamente todo sin explicación. Ahí fue que me di cuenta que debía modificar el texto, que debía dejar lugar a la imaginación del lector para que éste complete los datos no explicitados, y no justificar cada situación del cuento y cerrarlo con un moño explicando la moraleja al final del mismo (como si fuese una fábula popular de las que me leían de pequeña y que tantas enseñanzas me han dejado).
Ante estas complicaciones, decidí escribir una segunda versión de la historia. Creo que la pregunta aquí podría ser si conservé algo de la primera, y la respuesta sería que mantuve la esencia, pero no puedo dudar que hice un cambio rotundo, un texto de dos páginas de largo pasó a durar una página y un poco más de la segunda. Definitivamente reflexioné por largo tiempo sobre qué podía modificar del cuento a modo de representar y no explicar, y decidí cambiar la perspectiva del narrador. Ahora el narrador ya no sería el niño sino el adulto en que éste se convirtió, quien cuenta lo sucedido en su niñez como una de las enseñanzas que su tío le dejó al darle como regalo un reloj. Además, en esta segunda versión intenté sumergirme más en la mentalidad del niño, en la extrañeza que éste presenta ante un objeto desconocido y la manera en que intenta encontrarle una función al mismo, probando, arriesgándose a equivocarse hasta llegar a la verdad. Pero en este caso, el niño no llega a la verdad sino hasta convertirse en adulto, cuando entiende el verdadero significado de aquel viejo regalo.
Ahora bien, el problema con esta segunda versión fue la verosimilitud de algunos hechos, como por ejemplo el papel de regalo que la madre del niño conservaba guardado. Por esto, realicé una tercera versión, en la que lo que se guardan son los cuadernos escolares y entre ellos se había traspapelado la tarjetita de dedicatoria del regalo. Además, ya desde la segunda versión (característica que decidí mantener en la tercera) no se explicita la moraleja, no se menciona la enseñanza que el tío le quiso dar al niño sino que eso es una de las tantas cosas que, una vez que entendí lo que significa representar y no explicar, decidí dejar afuera del texto para darle lugar a la imaginación de los lectores.
Realmente, estoy muy contenta y satisfecha con esta tercera versión, y creo que aprendí elementos fundamentales del texto narrativo (no olvido la cuestión de la temporalidad que tanto costó implementarla correctamente, sobre todo en la primera versión que viajaba constantemente del presente al pasado y viceversa). Sin embargo, no creo que ésta sea la versión definitiva ni mucho menos, ya que no hay duda de que uno siempre encuentra algo más para corregir en su propio texto, pero si de algo estoy segura es de que estoy conforme con mi cuento en su forma actual y que finalmente pude dejar espacio para que los lectores se queden pensando y reflexionando luego de leerlo.
