martes, 27 de marzo de 2012

Rompiendo espejos: 7 años de buena suerte

El otro: lo distinto, lo diferente, lo diverso, lo opuesto a mí. ¿Por qué será que vemos en el Otro todo lo que no vemos en nosotros mismos? Siempre dicen que es más fácil mirar hacia afuera que hacia adentro, que es muy sencillo criticar pero muy complicado autocriticarse. ¿Qué pasaría si miráramos al Otro como un espejo? Seguramente descubriríamos muchas cosas que no nos gusten, pero probablemente también encontraríamos muchas otras que sí (siempre y cuando las busquemos).
Hace unos días, algo llamó mi atención durante el rutinario viaje en colectivo de todas las mañanas. El transporte estaba lleno de gente. En una de las paradas, subió un joven, con su guardapolvos y una mochila, no tendría más de catorce o quince años. Tímidamente, miró a todos y a ninguno a la vez. La mayoría de los pasajeros, sin vergüenza, hacían comentarios entre ellos mientras lo observaban disimuladamente, otros murmuraban por lo bajo, y algunos pocos reían a carcajadas. Extrañado, el joven comenzó a mirar su reflejo en las ventanas y luego de algunos minutos, se bajó del colectivo. Conmovida, quizá por lástima, por empatía o por compasión, lo seguí. Una vez que respondió a mis gritos, le pregunté cómo se sentía. Él respondió que apenado pero que no sabía por qué. Le pregunté si se había mirado en el espejo antes de salir de su casa, respondió que sí y siguió caminando. Ya de lejos, lo seguí con la mirada, abstraída en su pelo de color azul. Corrí hasta alcanzarlo, le pregunté si lo de su cabello había sido un accidente. Me miró como si no hubiera entendido la pregunta, contestó que no, y siguió su camino.
Una famosa obra de Sartre reivindicaba que “el infierno es el otro”. Mejor dicho, la mirada del otro es el infierno. ¿Por qué? Porque nos objetiva, porque no somos más que lo que el Otro ve en nosotros y eso nos limita, no nos deja ser. Haciendo un juego de palabras con la reconocida teoría de Descartes “pienso, luego existo”, Sartre postulaba: “Me ven, luego soy”.  No somos nada a no ser por la mirada del Otro, no existimos si nadie nos ve. Sin embargo, aquel joven, que todavía no carga con tantos prejuicios y condicionamientos sociales, no podía comprender por qué todos se reían de su pelo. De todas maneras, ¿a qué madre, en su sano juicio, se le ocurriría dejar que su hijo se tiña de azul el cabello simplemente porque lo hace feliz? Supongo que solamente alguna desquiciada podría darle mayor importancia a la felicidad de su propio hijo que a lo que el resto piense de él.
Afortunadamente, no todos tenemos la inocencia de los jóvenes de hoy en día y la mayoría no fuimos criados por madres que nos permitan cometer ese tipo de locuras. Será por eso que nos miramos al espejo, para ver cómo nos ve el resto. Nos paramos frente al espejo, nos peinamos, nos arreglamos, nos maquillamos, nos vestimos, hacemos de todo para que los demás nos vean mejor. ¿Por qué? Porque de eso depende nuestra existencia, porque es la mirada de los Otros la que nos ciega y no nos permite ver nuestro propio reflejo.
Después de todo, el reflejo no es más que una representación, y justamente, según Olson, es a través de representaciones que conocemos el mundo. Nos basamos en mapas para saber hacia dónde ir pero también para saber dónde estamos parados, y a pesar de tantos mapas, en la vida de toda persona, suele llegar un punto en que se pregunta: ¿Y ahora qué? Esta interrogación engloba innumerables connotaciones que podrían reemplazar al “qué”, dependiendo de en qué momento de la vida nos la preguntemos.
A meses de finalizar la secundaria, inicia un bombardeo interrogatorio por parte de todos nuestros conocidos, comenzando con la típica pregunta: ¿Qué vas a estudiar? Mucha gente ya lo tiene decidido desde su niñez, cuando decían que de grandes querían ser doctores, abogados, bailarines, veterinarios, pintores, y ni siquiera piensan en cuestionarse si realmente es lo que quieren en ese momento; sin embargo, se encierran en esos deseos de la infancia y siguen el rumbo que ellos mismos se predestinaron. Muchos otros no están tan seguros y deben hacerse una pregunta mucho más compleja a sí mismos: ¿Quién soy? En ese momento, entre la desesperación de encontrar una respuesta satisfactoria y la presión de todos a su alrededor, se miran al espejo para emprender un viaje. No me refiero a un viaje en avión o en motocicleta, ni a un viaje turístico ni de exploración, sino a un viaje interno. Un viaje para conocerse y reconocerse, un viaje para el cual no se necesita mucho equipaje más que un poco de imaginación, algo de impulso y mucha apertura (a lo desconocido, a lo nuevo, a lo distinto). Suena simple pero da miedo, personalmente preferiría comprar un pasaje a algún país “exótico” y empacar algo de ropa y maquillaje, no pido más que eso.
En este tipo de circunstancias, en todo momento crucial de la vida, se vuelve al espejo, pero al espejo como despojo: porque los otros me ven así, me limitan a ser lo que ellos ven en mí, me atribuyen ciertas cualidades y, al mismo tiempo, me niegan tantas otras, me etiquetan de una manera y si en algún momento de la vida intento aparentar ser de otra, no puedo porque me la creo, porque confío en que no es posible que cien ojos vean algo que no es, porque si todos me ven así, debe ser porque así soy. Démoslo vuelta: soy así porque todos me ven de esa manera. Entonces, ¿dónde queda la subjetividad? ¿Qué es lo real si en verdad yo soy lo que todos ven? ¿Habrá algo preexistente a la mirada del resto o cada uno va construyendo su propio “yo” a medida que los demás van atribuyéndole cualidades a su persona? Admitámoslo, es preferible que el resto forme nuestra personalidad a hacer el esfuerzo de constituirla nosotros mismos.
Algunos dicen que lo importante es lo que no se ve, la esencia, lo que está escondido, lo oculto. Pensemos en los sueños: le cuento a alguien que soñé que me caía de un precipicio pero nunca llegaba a tocar el suelo. Me dicen que eso significa algo: que no sé cómo lograr algún objetivo, que me siento perdida en la vida, que no sé hacia dónde estoy yendo con mi carrera, etc. ¿Y si simplemente significa que soñé que estaba cayendo? ¿Por qué nos obsesionamos con buscar significados en todo? ¿Por qué no aceptamos de una vez que es porque sí?
Quizá nos asusta pensar que algo no tiene sentido, que no tiene razón ni explicación, porque siempre queremos encontrar una respuesta hasta en las cosas más banales, porque no tiene gracia pensar que algo carece de un significado oculto o una razón de ser. Nos aterroriza pensar en la nada, en el vacío, o simplemente, no pensar. Hagamos una prueba: por un momento, pongan sus mentes en blanco. Imposible. No podemos, nos resulta inimaginable no imaginar, nos parece impensable no pensar. Siempre tenemos que buscarle la quinta pata al gato o el pelo al huevo, luchamos por encontrar la aguja en el pajar, nos encanta imaginar que nuestra vida es un enigma que debemos descifrar, como si fuera el Código DaVinci o uno de los tantos misterios que protagoniza Sherlock Holmes. No nos culpo, es más divertido vivir de esa manera, es excitante pensar que todo tiene un sentido y buscarlo hasta el cansancio. Y si no lo encontramos, nos rendimos, pero no dejamos de creer que algún sentido tenía sino que nos resignamos a descubrirlo y aceptamos seguir viviendo enigmáticamente, imaginando que nos rodean dos grandes signos de pregunta (que nos rodean y nos encierran a la vez).
Sigamos divagando. La vida es un mapa y cada uno se encuentra parado en el centro, a nuestro alrededor se dibujan algunas líneas de rumbo y cada una de ellas nos lleva a un destino distinto. Seguimos una, obviamos el resto, y nos preguntamos qué hubiera pasado si hubiéramos seguido alguna de las que ignoramos, pero no podemos volver atrás. Sin embargo, no dejamos de imaginar cómo se hubieran desarrollado las otras posibles opciones, aunque pensar en esto ya no tenga sentido alguno. Ahora bien, ¿qué pasaría si en vez de seguir alguna de esas líneas, dibujáramos la propia? Probablemente no nos lleve al destino deseado, pero al menos sabríamos que seguimos la línea que queríamos y no una que alguien más que no nos conoce dibujó para nosotros. Después de todo, no debe ser tan fácil agarrar un lápiz y garabatear, esas cosas no se hacen después de haber cumplido más de siete años, no sería “natural” hacerlo.
Si queremos viajar a algún lugar desconocido o si no tenemos en claro el destino al que queremos llegar, cualquier camino nos vendría bien, pero el mapa ya no nos serviría para guiarnos, no tendríamos en que basarnos, y quizá, esta sea nuestra mejor opción. Un mapa puede ser muy útil al momento de partir, pero una vez emprendido el viaje, no tiene utilidad alguna. Resulta mucho más excitante seguir nuestros propios caminos para llegar a destinos desconocidos, de manera que nos sorprendamos con lo que podemos llegar a descubrir. La emoción generada al tropezar con algo nuevo no es la misma si sabíamos de antemano con qué nos íbamos a encontrar, es formidablemente mayor si el destino nos sorprende. Pero, ¿para qué complicar las cosas? ¿De qué me sirve jugar una búsqueda del tesoro si en la billetera ya tengo algunas monedas? No serán de oro, pero es lo que hay.
Luego de pensar todo esto, ¿por qué no olvidamos las líneas de rumbo existentes y comenzamos a garabatear hasta dibujar las propias? ¿Por qué no darle menor importancia al espejo y mayor a la imagen que nosotros queremos que allí se refleje? ¿Por qué no olvidamos por un momento al espejo y a los mapas y vivimos nuestras vidas como realmente queremos vivirlas? ¿Por qué no intentamos dejar de buscar significados ocultos en todos lados y vivimos las cosas como son por lo que son? Sin espejos, sin representaciones, sin modelos, sin mapas, sin guías, simplemente escuchándonos a nosotros mismos y siguiendo los caminos que construimos con nuestra propia imaginación, tiñéndonos de azul el cabello si es necesario.

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