lunes, 13 de junio de 2011

Reflejos de identidad

¿Qué hago acá? ¿Dónde estoy? Me despierto, todavía algo mareado, en una extraña habitación en la que nunca antes había estado. Por encima mío, logro visualizar la forma de una pequeña lámpara que cuelga del techo, la cual, lógicamente, no logrará alumbrar todo el espacio, sin embargo la enciendo, creyendo que, al menos, será mejor que la oscuridad total. Entre lo poco que logro alcanzar con mi vista, se vislumbra a mi lado un escritorio antiguo con algunos papeles desordenados sobre él: algunos parecen ser minuciosas anotaciones firmadas por un tal Lorenzo y la letra me suena conocida, es similar a la mía pero yo no conozco a nadie con ese nombre, también hay montones de lapiceras desparramadas y unos tres o cuatro libros, que si mi corta visión no me falla, uno de ellos se titula “El arte de la fotografía” y el resto -no estoy seguro si son dos o tres más- parecieran ser novelas policiales o de algún género por el estilo. No puedo evitar horrorizarme ante tal desorden, por lo cual, decido voltear hacia el otro lado de la habitación, tratando de encontrar la salida.
A lo lejos, tras forzar por un tiempo la vista, llego a visualizar una de las paredes del cuarto. Pareciera estar repleta de los típicos mosaicos cuadrados unidos por cemento; sin embargo, repentinamente, uno de ellos se despega y cae. Nunca conocí ningún tipo de mosaico que al caer no se rompa en miles de pedazos, o que no genere un ruido estruendoso e insoportable al partirse. Éste, a diferencia de todos los que he conocido, cae lentamente, tambaleándose de un lado al otro como si fuera una hoja que se vuela con el viento, y al alcanzar el suelo, lo acaricia suavemente sin generar ningún sonido singular. Claramente, lo que se cayó no puede haber sido un mosaico, por lo cual, juntando todas mis fuerzas, intento levantarme pesada y lentamente. Hasta este momento no me había dado cuenta del dolor de cabeza que me invade, una vez de pie me siento aún más mareado y confundido, pero guiado por la intriga me acerco a la enigmática pared.
Fotos, fotos y más fotos. No son mosaicos los que cubren la superficie, sino que el muro está completamente empapelado con centenares de fotografías. Aún no logro salir de mi asombro por la cantidad, y a medida que me acerco cada vez más, empiezo a descubrir las figuras protagonistas de las imágenes, y debajo de cada una de ellas una descripción. Alcanzo a visualizar distintas situaciones que parecieran ser de la vida cotidiana, en todas las reproducciones aparece un mismo reflejo en la esquina superior derecha, y creo notar que un mismo sujeto está presente en absolutamente todas ellas.
Me encuentro a poco más de un metro de distancia de la pared y ahora ya puedo distinguir con precisión a ese individuo: soy yo! Todas estas fotografías parecen formar una historieta de mi vida: en algunas me estoy lavando los dientes, en otras caminando en la calle frente a alguna vidriera, en otras pocas me encuentro trabajando en mi oficina, y debajo de cada una hay escrita una referencia con mi nombre y la acción que estoy realizando en la misma (“Esteban tomando un café camino al trabajo”). Definitivamente alguien está siguiendo mis pasos muy cautelosamente, ya que nunca noté a nadie sospechoso como para inculparlo de esta acción, e incluso esta persona tuvo que haber entrado a mi residencia, porque entre las fotografías hay algunas que indudablemente tuvieron que haber sido tomadas allí dentro.
Aún tirado en el suelo, escucho unos pasos a lo lejos, al voltear rápidamente, mis ojos tropiezan con lo que parece ser la salida. Me acerco rengueando, manoteo la manija espantado y torpemente, y al tercer intento logro abrir la puerta, la cual me conduce a un largo pasillo. Comienzo a correr despavorido hacia delante ya que a lo lejos llego a visualizar la puerta principal del departamento, el pasillo parece transformarse en un callejón sin fin ni salida, a mis costados aparecen nuevas puertas, todas ellas cerradas.
Solamente una se encuentra abierta, de ella emana una luz roja, me asomo intrigado y descubro el cuarto de revelado. De un único hilo que rodea todas las paredes, cuelgan fotografías similares a las que empapelaban el cuarto anterior, sigo siendo el protagonista en ellas. La pesadilla no parece terminar, estas imágenes aparecen ante mí como el infinito; cuando empiezo a creer que quizá lo del otro cuarto no fue más que una ilusión a causa de mi malestar físico y mi cansancio, esta nueva habitación me demuestra que todo es real y que mi imaginación se encuentra fuera del juego. El miedo que siento no hace otra cosa que aumentar progresivamente, pero sea quien sea el responsable de esto, no puedo dejar que me venza. Vuelvo a escuchar pasos que parecen provenir de la primera habitación, aunque antes no había nadie allí y esto no parece posible, lo acepto como verdadero, apresuradamente salgo del cuarto de revelado y vuelvo a mi carrera a lo largo del pasillo.
Los segundos que tardo en llegar a la puerta principal se sienten como horas, ya perdí noción del tiempo. Finalmente, logro salir del departamento y aún corriendo despavorido, impactado por todo lo sucedido, bajo unos tres o cuatro pisos por las escaleras y me encuentro con la entrada del edificio. Me fijo la dirección, estoy a tan sólo un par de cuadras de mi casa, por lo que continúo mi carrera hasta llegar a mi hogar. Sin dar ninguna explicación a los que se cruzan por mi camino, subo a mi departamento, agarro mi documento y me dirijo a la comisaría para realizar la denuncia. Allí, los policías, muy atenta y amablemente, me piden que les relate lo sucedido y me recomiendan que vuelva a mi casa a descansar tranquilo porque ellos investigarán el tiempo que sea necesario hasta descubrir al responsable.
Al cabo de unos días, mientras intento conciliar el sueño en mi sereno departamento, suena el timbre. Me acerco a la puerta, son dos policías preguntando por mí. Les abro esperanzado, imaginando que han descubierto a mi acosador; sin embargo, me arrestan. No entiendo nada, pero ellos tampoco se muestran dispuestos a darme explicación alguna. Evaden mis preguntas y me llevan esposado hasta la patrulla. En el camino, pretenden ser sordos ante mis dudas, y luego de un rato, uno de ellos finalmente rompe el silencio: “Vamos al hospital, Esteban, ¿o preferís que te diga Lorenzo? Los espejos no te hacen bien”.

1 comentario:

  1. Daliaaa! como andass?? hoy me pase por tu blog a leer un poco, ta copado lo que escribis, me mantuvo intrigado y funciona bien el miedo del protagonista y sus dudas para mentener la historia siempre tensa. Tuve mi duda con el final jaja, porque lo arrestan? y porque lo llevan a un hospital? un hospital mental no? "los espejos no te hacen bien" ¿era esquizofrenico?
    te mando un saludoo!! muy buenoo!! nos vemos mañanaa

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