viernes, 5 de agosto de 2011

Proyecto Narrativo: 2da Versión

El afuera
Sábado por la tarde, el colectivo 95 es el que me llevó hasta mi destino luego de un largo viaje. A diferencia de casi todos los pasajeros, acostumbro a anteponer la simple palabra “Hola” o la frase “Buenos días” al usual pedido “$1,25”, cuando subo al colectivo, lo cual no creo haberlo escuchado salir de la boca de nadie más luego de mi ingreso al mismo. Ya acomodada en uno de los asientos, giré la cabeza y comencé a observar por la ventana lo que ocurría en las veredas. La visión no resultó ser tan nítida como esperaba, pero bastó con forzar un poco la vista para convertirme en espectadora de situaciones cotidianas “normales” actuadas por personas de quienes no conocía absolutamente nada (y sigo sin conocer).
De todos los autos que pasaban, la mayoría tenían ventanas opacas que no dejaban ver su interior, ni siquiera a quién estaba delante del volante. Dos o tres espacios públicos verdes aparecieron en el camino, pero no logré ver si había niños jugando allí debido a las rejas grises que los rodeaban. Inmensa fue la incomodidad que sentí al cruzar –accidentalmente- la mirada con otro pasajero, cuyos ojos casi instantáneamente giraron hacia otro lado (no estoy segura hacia cuál pero seguro hacia cualquiera que no fuera donde yo me encontraba). Las mujeres –también algunos hombres- tenían cubiertos sus rostros con productos artificiales, lo cual entorpecía la admiración de sus rasgos naturales. Cuadra por medio, había individuos o incluso familias que parecían vivir en las calles, a pesar de la indiferencia de la gente que pasaba por su lado, no creo haber sido la única que los notaba. Como una constante de las veredas porteñas, las personas pasaban corriendo de un lado al otro, estresadas incluso un día Sábado.

La fachada
Finalmente, llegué a destino. Fui cordialmente recibida por carteles pegados en la entrada y graffitis escritos en las paredes: “No al vaciamiento del Borda”, “No dejemos que Macri cierre el Borda”, “¡Queremos gas ya!”. Ya hace más de un año, el Congreso Nacional aprobó una ley para cerrar el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda –al igual que al resto de los hospitales psiquiátricos del todo el país-. Pacientes, ex-pacientes, trabajadores, y mucha gente más lucha día a día para evitar que esta ley se lleve a cabo, convirtiendo el Borda en un Shopping.
Sin embargo, no es la única lucha que deben librar. Hace más de tres meses se encuentran sin gas, lo cual el Gobierno de la Ciudad intentó resolver a través de la provisión de termotanques y viandas de comida, pero no es suficiente para los 700 pacientes que viven allí. La difícil situación ya forma parte de la vida cotidiana del Borda, lo cual se refleja en los carteles y graffitis que allí proliferan, hecho imposible de ignorar al entrar al hospital, e incluso al verlo desde afuera.

Hall de entrada
Nadie me preguntó nada cuando entré al primer edificio, pasé inadvertida ante la mirada de las dos guardias de seguridad que se encontraban en la entrada del estacionamiento. Una vez dentro, podría haberme intrometido en los pasillos del hospital, pero como ese no era mi objetivo (al menos no en esta visita), le pregunté a otro guardia de seguridad por indicaciones, a lo cual me señaló que debía caminar para la derecha y luego doblar y seguir hasta el fondo.
Todavía medio confundida, intenté seguir sus instrucciones pero me confundí, por lo cual me gritó indicándome, mediante gestos, el camino que me había explicado anteriormente. Un poco avergonzada por la falta de comprensión, comencé a caminar hacia la derecha –ahora sí en el camino correcto-, luego doblé hacia la derecha nuevamente, crucé unas rejas verdes y se abrió ante mí una especie de ciudad en miniatura, nada comparado a lo que yo imaginaba al pensar en “Hospital Borda”.

El adentro
El Borda no era un edificio único pintado de blanco ni nada por el estilo, sino una especie de bosque talado, aún con varios árboles en pie, y grandes edificios mezclados entre ellos. En algunos lugares había carteles que indicaban los nombres de las calles que se cruzaban en determinadas intersecciones (aunque en verdad no eran siquiera esquinas definidas). Mientras caminaba libremente por allí, veía pasar esporádicamente a pacientes, uno me saludó de lejos levantando su mano, a lo cual le respondí de la misma manera, el resto no mostraba signo alguno que denotara asombro o extrañeza ante mi presencia. Ellos, al igual que yo, caminaban por allí con absoluta libertad, “como en casa” diríamos en criollo, la diferencia es que para ellos, ese lugar era literalmente su casa, y yo me encontraba solamente de visita. Lamento romper con el sentido común, pero los pacientes no estaban encerrados, no estaban con chalecos de fuerza dentro de una habitación blanca acolchonada, y quizá para sorpresa de muchos, ninguno corrió hacia mí para atacarme. Por el contrario, al verme desorientada, un morocho de pelo corto, con un divertido sweater celeste y blanco, me saludó –con un tono de voz bastante enérgico, quizá excedidamente fuerte en comparación a la distancia que nos separaba- y me señaló el lugar donde se estaba grabando la radio.
Al principio creí que me había mandado al imponente edificio blanco con la inscripción “Servicio Penitenciario Federal” en el frente. Sin embargo, luego de reírnos por un rato debido a la confusión, me contó que en la actualidad, este edificio se encuentra desalojado, al igual que muchos pabellones del Borda, vacíos. Cada vez son menos los internos y muchos salen sin ser curados, a causa de la falta de recursos destinados al hospital. Sin dudas, esto resulta bastante conveniente para los que pretenden cerrar la institución, pero todo lo contrario para los que la consideran su hogar.

Pabellón central
“Buenas tardes, aquí transmite LT22 Radio La Colifata, desde el Hospital Borda” escuché mientras me acercaba, agradeciendo por dentro que había llegado a tiempo al comienzo del programa.  En el medio del patio, entre los árboles sin hojas, había un semicírculo de personas, casi todos jóvenes veinteañeros, entre los cuales se mezclaban unos 15 internos del hospital. Cerrando la ronda, unas mesas con dos notebooks manejadas por dos mujeres –voluntarias, una de ellas psicóloga- un órgano frente al cual estaba sentado uno de los pacientes, y dos micrófonos con largos cables que un joven voluntario iba alcanzando a los que quisieran hablar. Así estaba conformada La Colifata, un espacio producido por los mismos pacientes del Hospital Borda, abierto todos los Sábados. Según lo que pude apreciar, los voluntarios solamente manejan la parte técnica y ayudan a organizar la situación, interviniendo de vez en cuando, pero son los internos quienes se encargan de producir todo lo que sale al aire en vivo.
A modo de promoción, una de las voluntarias recordó que la semana que viene festejarán el 20º aniversario de la radio, contando la historia de la misma, allí participarán todos sus integrantes y estará invitado todo el que quiera asistir. Mientras ella hablaba, llegó al lugar Hugo López, externado del Borda y famoso locutor de La Colifata, quien, puede verse, es muy querido por todos los pacientes. A su llegada comenzaron las bromas, diciendo que Hugo siempre llega e interrumpe todo y cosas por el estilo. Todos rieron un rato, y él intervino retomando la invitación al festejo de cumpleaños de la radio.
Minutos más tarde, otro de los pacientes, Fernando, tomó el micrófono, pero esta vez para hacer un chiste: “Un hombre llama por teléfono y dice ‘hola, ¿hablo con el manicomio?’, y al otro lado de la línea le contestan ‘no, acá no hay teléfono’”. Todos reímos. Al principio me resultó sorprendente que un mismo paciente del Borda haga chistes acerca de un manicomio y también que todo el resto ría desaforadamente a causa de los mismos, resulta asombroso que lo tomen con tal naturalidad y se rían de ellos mismos, o mejor dicho, de la concepción que el resto tiene de ellos (los “locos”, los “chiflados”, los “maniáticos”, los “desequilibrados”), algo que muchos “cuerdos” todavía no han aprendido a hacer. Inédito.

Pabellón “A”
 “Adrián habla de rock” fue una de las secciones de la radio. Quizá les vendría bien modificar el nombre de la misma, porque Adrián, apenas agarró el micrófono, se puso a cantar. Estaba con una gorra y anteojos de sol, lo cual no permitía que llegara a ver sus ojos, pero seguramente, luego de finalizar las tres canciones, seguido por los aplausos del público, sus ojos acompañaban su gran sonrisa. En medio de una de las melodías, Pajarito, otro paciente de edad media, se acomodó su gorro blanco y se puso a bailar en el medio de la ronda, cada tanto levantándose los pantalones que se le caían.
Otra de las secciones de la radio es “Visitas”, dirigida por Julio, canoso de pelo largo, con un gorro y anteojos. Una vez con micrófono en mano, contó a los oyentes que ese día había venido un grupo de estudiantes de Psicología de Rosario, por lo cual estaban todos muy contentos. Luego de su presentación, les dio la palabra a los estudiantes, varias veces interrumpidos por algunos de los pacientes, que mencionaban cuán felices estaban por su visita y halagaban a la ciudad de Rosario, donde ellos pudieron viajar unos meses atrás. Mientras uno de los estudiantes hablaba, Alejandro, con sus grandes ojos verdes, que si la vista no me fallaba, estaban algo acuosos, se metió en el medio de la ronda y dijo: “Feliz cumple para mí que cumplo 39 años”. Luego pidió cantar con los chicos del público porque no los puede ver los días de semana porque está encerrado, ante lo cual no dudamos en cantarle bien fuerte el feliz cumpleaños.

Capilla
“Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer…” comenzó a cantar uno de los pacientes repentinamente, a lo cual le siguió una reflexión cuasi filosófica acerca del tiempo, donde cada uno daba su punto de vista (cuando querían hablar pedían la palabra, y alguno de los voluntarios le alcanzaban el micrófono). Una mujer incluso llegó a decir que el deseo de ser inmortal es un problema, porque no sólo queremos ser inmortales sino que queremos ser eternamente jóvenes, a lo cual todos asentimos con la cabeza, excepto Hugo López, quien la interrumpió para pedir que la aplaudamos. Todos obedecimos y ella hizo unas reverencias, a modo de agradecimiento y modestia.
Luego del debate, Carlitos, un anciano canoso, de ojos cristalinamente celestes, con una cara pequeña y muy arrugada, sin dejar de comer sus galletitas, pidió la palabra. Comenzó a hablar sobre el clima, a lo cual una de las voluntarias le explicó que estaban hablando sobre el tiempo del reloj, no del clima. A él no le cambió mucho, porque también para ese tipo de tiempo tenía algo que decir, y tuvieron que decirle que deje hablar a otros porque no mostraba indicio alguno de soltar el micrófono dentro de lo que duraría la transmisión. Al finalizar, se paró y comenzó a dar vueltas por la ronda pidiendo un cigarrillo hasta que una de las visitantes le convidó uno, lo encendió y volvió a sentarse, intercalando en su boca galletitas y pitadas.

Casa del casero
Pajarito, personajes simpáticos sí los hay, no paró de hablar con las chicas del público, incluso cuando se encontraba al aire. Debido a la distancia, no llegué a escuchar lo que decía, pero debía de ser algo gracioso porque en cada pausa que él realizada, todos a su alrededor reían a carcajadas. Más allá de que el público estaba entretenido con su sketch, uno de los voluntarios se acercó para pedirle que haga silencio, pero antes que él siquiera pueda hablar, Pajarito dijo exactamente lo que el joven estaba a punto de decir como si lo supiera de memoria, a lo cual el voluntario le dijo que ya que sabía lo que le iba a pedir, lo ponga en práctica. En el momento, Pajarito, con cara de resignado, hizo silencio, pero eso duró sólo uno o dos minutos, ya que luego siguió hablando con su público, pero esta vez para hacer un “truco de magia”. “Decime un color, un tamaño y elegí entre ella o ella”, dijo a una integrante del público mientras señalaba a otras dos. La chica dijo amarillo y grande, luego de lo cual Pajarito se acercó a la otra y le dijo: “vos en la cartera tenés que tener algo que sea amarillo y grande”. Luego de revolver un poco, la chica encontró un paquete de galletitas con franjas amarillas, por lo que Pajarito, muy contento (y algo sorprendido porque le había salido bien el truco), acompañado por los aplausos de la gente, comenzó a reírse diciendo: ¡soy un mago!

Cocina
En el intervalo de la radio, se puso música de fondo, una chacarera. La acompañaron con la guitarra Hugo López y Julio con su voz. Hugo guiaba al público que no sabía la letra para que haga los coros, y varios de los pacientes –Pajarito fue el que tomó la iniciativa- sacaron a bailar a las chicas. Al mismo tiempo, algunos voluntarios comenzaron a repartirles a los internos chocolatada caliente y churros, linda compañía para una fría tarde de invierno. Para las visitas, la chocolatada o el café valía $3, y las galletitas eran gratis.
Mientras algunos merendaban, otros seguíamos bailando al compás de la chacarera, la cual concluyó cuando Hugo dejó su guitarra y empezó a leer una receta de cocina de una revista: bondiola con salsa de mostaza y cerveza. Se mezclaban entre los ingredientes, chistes y comentarios relacionados, provocando la risa de todos, principalmente del viejo Carlitos que entre carcajadas llegó a exclamar: ¡qué loco!

Pabellón “H”
Luego de recitar la receta, Hugo López nuevamente quiso que cantemos. “Vamos a cantar todos, el que no canta, es normal” dijo a modo de invitación, lo cual sirvió para que absolutamente todos nos sumemos a la canción, por lo menos mediante aplausos al compás de la melodía. Al finalizar la balada, comenzó a filosofar sobre las estrellas, quejándose de que en la ciudad, entre tantos edificios, ya no podíamos verlas, y dijo: “Qué triste un cielo sin estrellas! Es como un mundo sin música, un mundo sin amor, un mundo sin locos, sin los locos lindos de La Colifata, qué triste sería el mundo”, ante lo cual no pude hacer más que sonreír y elogiarlo con la mirada.
Una vez que cesaron los aplausos, otro de los pacientes, canoso de pelo por los hombros, tomó el micrófono y contó parte de su historia: “Esta semana cumplo 23 años de loco y los locos no mentimos, a muchos nos trajeron engañados a un chequeo rutinario y nos dejaron acá, la familia nos abandona y el gobierno se olvida que existimos, pero nosotros no engañamos como ellos. Pensar que yo estaba cuando La Colifata se escuchaba a través de un simple cassette, pero mejor dejémoslo ahí porque se me pianta un lagrimón. ¡Bienvenidos a la locura!”.
A unos metros por fuera de la ronda, noté sentados a un paciente y un joven –quien no logré distinguir si también era interno o no-, me quedé observándolos hasta que uno de ellos me llamó con un gesto. Me acerqué y me preguntó si sabía en que número (de frecuencia) estaba la radio, a lo cual le respondí, aunque me pareció extraño que teniendo la radio en vivo quisiera escucharla mediatizada. Tras unas vueltas de dial, el joven dio con La Colifata. El paciente sonrió y con los ojos llenos de felicidad, me pidió que me acercara. Bajé a su altura e inesperadamente, me dio un beso en la mejilla, acompañado de un “gracias”. Le devolví el agradecimiento y me alejé mientras observaba lo feliz que estaba de estar escuchando la radio a través de sus pequeños auriculares.

Guardia
Caminé algunos pasos y me topé con un muro hecho con mosaicos, mostrando la imagen de distintas personas con un cartel que decía: “La Colifata, siempre fui loco, construyendo puentes donde hay muros”, lema identificativo de la radio. Al lado mío había un hombre de baja estatura, morocho, de tez algo oscura y grandes ojos marrones, conversando con una chica; “vení si querés, linda” me dijo. Me sumé a la conversación, nos contó que su nombre es Miguel, fue uno de los locutores fundadores de la radio, estuvo internado en el Borda de joven, y luego de ocho años salió, se casó y formó su familia. Actualmente, desde su posición de ex-paciente, lucha por los derechos de sus compañeros contra el cierre del hospital, lucha por ellos porque “nadie los escucha, no tienen ni voz ni voto, a nadie le importan porque no pueden votar”, y me explicó que si cerraran la institución, muchos de los internos quedarían en la calle. Al rato lo llamaron para que ayude en la cocina, y yo me quedé anotando en mi cuaderno algunos de los datos que me había dado. Mientras escribía, de repente, me sacaron el lápiz de mi mano. Asustada y sorprendida, me di vuelta y vi a un joven, tendría unos treinta años como mucho, con flequillo, pelo largo y un pañuelo cuadriculado. Apenas lo vi, actuando de distraído, me dijo: “qué lindo día, no?”. Me reí, nos reímos por un rato, me devolvió el lápiz y siguió su camino.
Al finalizar el tercer o cuarto intervalo –a esta altura, ya no tenía una clara noción de qué salía al aire y qué no- esta vez fue Eduardo quien tomó el micrófono. Él, canoso de pelo largo, con un gorro de lana negro, comenzó a contar una historia acerca de unos marcianitos llamamos “chichistas” y “duhaldistas” que eran malignos y habían diseñado a otro marcianito, aun con mayor maldad dentro de él, llamado Macri, quien quería hacer muchas cosas malas y odiaba todas las palabras que contengan la letra “K”. Su discurso nos sorprendió a todos, pero lo que más nos cautivó fue la fuerza y la determinación con la que lo dijo.

Pabellón “Amable Jones”
Aunque no parecía tan tarde, ya estaba empezando a oscurecer, por lo cual una de las voluntarias dijo algunas palabras como cierre del programa y repitió la invitación al cumpleaños de la radio. Antes de que termine, cuando estaba a punto de despedirse y cortar la transmisión, Carlitos pidió la palabra. Desde una inocencia mezclada con sabiduría, nos agradeció por haber ido a visitarlos, y nos dijo que nos quería porque él tiene corazón, y “el que tiene corazón, quiere a todo el mundo”. Todos aplaudimos por largo rato. El programa ya no estaba al aire, pero la música seguía sonando, al igual que los agradecimientos de ambos lados. Como no podía ser de otra manera, nos despedimos bailando y riendo, conservando la esencia de La Colifata.

El afuera
Ya era casi de noche, el colectivo habrá tardado 10 minutos, aunque entre el frío y el cansancio, pareció mucho más. Durante el viaje de vuelta, subió una señora mayor. Yo estaba parada al fondo, por lo cual no llegué a escuchar bien lo que decía, pero logré divisar que estaba discutiendo con el colectivero fervorosamente. Aparentemente, la pelea se habría originado a causa del mal funcionamiento de la máquina de monedas, y a partir de allí, fue escalando grados de violencia hasta llegar a fuertes insultos. Fue ahí que me di cuenta que, luego de unas horas de distracción, había vuelto al verdadero mundo de locos.

1 comentario:

  1. Hola Dalia,

    Me gusta la idea de que separes el texto en secciones. Pero no me convencen del todo los títulos. Sí, por ejemplo, los del principio, pero luego, cuando empiezan a aparecer los protagonistas de tu crónica, creo que sería más interesante que los títulos hicieran referencia a ellos antes que a espacios. Porque me parece que lo esencial de tu crónica no es el Borda-edificio, sino las personas que viven en él. Que son personas antes que enfermos o locos (eso es lo que querés dar a entender, no?).

    Por otro lado, tendrías que revisar de dónde hasta dónde querés que dure cada parte, elegir algún criterio para que los cortes tengan naturalidad. Porque, por ejemplo, me parece que "Cocina" y "Pabellón H" hablan de lo mismo, no hay un corte real ahí. Incluso, fijate que cuando empezás "Pabellón H", decís "Luego de recitar la receta, Hugo López nuevamente quiso que cantemos." Ahí hay una continuidad directa con lo anterior, por qué entonces el corte?

    Por otro lado y siguiendo con el mismo criterio, creo que tenés que dejar hablar más a tus protagonistas. Desaparecer un poquito vos y dejarlos aparecer más a ellos desde su palabra, sin tantas mediaciones ni modalizaciones, explicando menos y dejando más en manos del lector la interpretación. Mostrar... Obviamente, vos vas a estar siempre mediando, contar una cosa y omitir otra ya condiciona la lectura, pero es algo más sutil.

    Por ejemplo:

    * Contar únicamente el chiste que hace Fernando, sin decir: "Al principio me resultó sorprendente que un mismo paciente del Borda haga chistes acerca de un manicomio y también que todo el resto ría desaforadamente a causa de los mismos, resulta asombroso que lo tomen con tal naturalidad y se rían de ellos mismos, o mejor dicho, de la concepción que el resto tiene de ellos (los “locos”, los “chiflados”, los “maniáticos”, los “desequilibrados”), algo que muchos “cuerdos” todavía no han aprendido a hacer. Inédito." O diciendo menos, algo más chiquito.

    * Dejar que Carlitos agradezca sin indicar que lo hizo "desde una inocencia mezclada con sabiduría,..." y poniendo, en cambio, en primer plano sus palabras.

    Espero que ayude, me parece que lo que tenés para contar es de lo mas interesante y lindo y así se puede lucir más.

    Saludos!

    Emilia

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