No creo que haya nada mas añorado que la infancia, esa dulce e inocente etapa de la vida, etapa que deja grabadas muchas cosas en cada uno de nosotros, etapa en la cual quedan cristalizados gran parte de nuestros recuerdos más adorados, etapa divina a la cual muchos queremos volver. Y en algún punto de esa infancia, nos cruzamos con otro elemento significativo de nuestras vidas: la lectura, la cual es caracterizada por M. Proust, en su prefacio “Sobre la lectura”, como un “placer divino”. Si no es así, ¿de qué otra manera podríamos describirla? Los tan preciados recuerdos de nuestra infancia se mezclan, de esta manera, con millones de esas historias contenidas entre las páginas de nuestros libros favoritos, de esos libros que nos han marcado en algún punto de nuestra subjetividad, que nos han enseñado tantas moralejas y valores, y hasta quizá, inconscientemente, nos hayan guiado a tomar algunas que otras decisiones.
Se me hace imposible olvidar aquellos momentos en la escuela, dentro del aula, en la biblioteca, en el patio o incluso en las escaleras que, inocentemente, llamábamos “secretas” (a pesar de que todos los alumnos y maestros sabían de su existencia), aquellos momentos en los que la maestra anunciaba que comenzaba la hora del “Círculo de lectores”. Cada uno de los chicos debíamos elegir y comprar algún libro que nos interese, y una vez que finalizábamos con la lectura de ese libro que habíamos comprado, los intercambiábamos. Así, al cierre del año escolar, cada uno de los chicos del grado habría leído todos los libros en circulación. Pero esos 15 libros que rondaban por el aula no me eran suficiente, siempre me veía tentada a pedir más en la biblioteca. No podía quedarme sin leer nada mientras el resto seguía leyendo los libros que habían sido comprados originalmente, porque simplemente quería más, quería seguir leyendo, quería seguir disfrutando de historias inventadas, quería seguir perdiéndome entre las páginas de cada libro, quería seguir navegando en la imaginación y seguir descubriendo los mundos que cada historia abría ante mis ojos a medida que éstos recorrían las páginas escritas. Se me hace difícil recordar un libro en particular entre tantos que he leído a lo largo de esa época: Mini, detective, contaba la historia de una niña que siempre peleaba con su hermano y luego de que éste la acusa de ladrona, ella empieza un viaje de aventuras hasta llegar al fin del asunto y descubrir la verdad para demostrar que ella era inocente; Estrafalario (uno de los tantos libros que leí de la colección Pan Flauta, con sus tapas coloridas e ilustraciones divertidas), que cuenta la historia de dos enamorados, una bella pueblerina y el Nombrador, quien para conquistarla decide quitarle todos los nombres a las cosas y personas que él mismo había señalado y con todos ellos, construir un discurso de amor; El dramático caso de las señoras iguales, una analogía de cuentos para chicos; Hasta el domingo, el cual cuenta la historia de Lucía, una niña de 12 años, pero lo más interesante de este libro era su formato (se puede leer todo seguido o leer un capítulo por medio, los capítulos impares para conocer la historia de Lucía a los 7 años, o los pares para leer sus aventuras a la edad de 12 años).
Cada uno de esos libros, entre tantos otros, me dejó un dulce recuerdo, pero lo que más anhelo de aquella época era el contexto en el que los leía. A lo largo de la hora del “Círculo de lectores” todos nos transformábamos, desde el más tímido hasta el más charlatán, cada uno buscaba su espacio en el aula o fuera de ésta y se concentraba en la lectura de su libro. El timbre anunciaba la hora del recreo, pero a diferencia de otras clases, en este momento no salíamos todos corriendo al patio, menos aún si el timbre interrumpía la lectura a mitad de una página o un capítulo, o cuando sólo nos faltaban algunos párrafos para finalizar el libro. La hora de la lectura era diferente, creaba un ambiente distinto, difícil de lograr en niños de escuela primaria, era un momento único en el día y todos lo valorábamos y apreciábamos como tal. Incluso más especial que esos quince o veinte minutos al final de la hora en los que la maestra leía en voz alta alguno de los libros elegidos, porque a pesar de que todos escuchábamos con atención, leer el libro propio tenía otro significado, era una meta personal.
Ya casi finalizando este viaje retrospectivo a la infancia, se me viene a la mente el recuerdo de una hoja, la ficha de lectores. En ella, el dueño original del libro debía escribir, a principio de año, los datos del mismo (título, autor, editorial, colección, edad recomendada y tema). Pero la ficha contenía mucho más que eso, al costado había una columna titulada “lectores” y debajo de ella, cada niño que finalizaba la lectura del libro debía escribir su nombre. De esta manera, a lo largo del año, la ficha se iba completando, del mismo modo que cada uno de los chicos iba sumando libros leídos a sus recuerdos.
Todo esto significaba la lectura para mí durante la infancia, todo esto sigue significando la lectura en la actualidad. Esos libros grabaron en mí recuerdos indescriptibles, momentos que solamente los que los vivimos podemos saber lo que se sentía, lo que generaban, lo que inspiraban en uno, solamente los que sentimos esa satisfacción de leer podemos volver a esos libros “con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo”. Por esta razón, recuerdo con alegría todas las fichas de lectores que completé, y a pesar de ya no tener físicamente fichas para llenar, espero seguir escribiendo mi nombre en muchos libros más.
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