Hasta ese día no conocía agujas que no sean para tejer, no había visto números dispuestos en forma circular más allá de algún juego matemático con el que se entretenía mi hermano mayor, nunca había contemplado una pulsera tan rara como la que me dio mi tío aquel día, o al menos eso es lo que yo pensaba que era.
No era mi cumpleaños, no era año nuevo, ni siquiera era alguna fiesta especial, era un día como cualquier otro. Yo tenía tan sólo seis años, había vuelto de la escuela con el micro, y cuando entré a mi casa, me encontré con la grata sorpresa de que mi tío Francisco había venido a visitarnos para merendar con nosotros (mi hermano, mi mamá y yo). Pasamos toda la tarde juntos, jugamos a las escondidas, al pato ñato, armamos rompecabezas, y tantas cosas más que, rápidamente, se hizo de noche. Franchi, como me gustaba llamarlo a mi tío de chica, se estaba por volver a su casa, pero antes de irse me dio un regalo, como siempre que nos veíamos. No sé por qué razón, pero esta vez era diferente, cuando me lo dio me dijo algo que me dejó pensando durante un largo tiempo:
- Este no es un regalo cualquiera, puede ser que cambie muchas cosas en tu vida, pero nunca te olvides de algo: esto no es lo que es, es lo que significa, es mucho más de lo que ves pero depende de vos lo que será. Sin que lo uses no es nada, pasa prácticamente desapercibido, no nos damos cuenta de que se va, pero vos no te olvides que está ahí! Porque una vez que se va, no vuelve, así que aprovechalo al máximo.
Mucho antes de que mi tío terminara de hablar, yo ya había abierto el paquete, nunca fui muy paciente para ese tipo de cosas. Sin embargo, a diferencia del resto de los regalos que él siempre me daba, este no me había causado gran entusiasmo en el momento en que lo abrí. Era una pulsera, pero no un simple brazalete rosa como los que tenían la mayoría de mis amigas, era raro; tenía números alrededor, unas rayitas que daban vueltas sin parar, la parte para atarlo a la muñeca era de muchos colores y, para colmo, tenía un plástico que no me dejaba jugar con las rayitas movibles.
- Esperá Franchi, no te vayas! ¿Qué quiere decir todo eso que me dijiste? – le pregunté luego de un tiempo de observar con mucha concentración el obsequio- ¿Para qué sirve esta pulsera y por qué las rayitas no paran de moverse?
- Es un reloj, ya lo vas a entender- me dijo mi tío antes de subirse al auto e irse rápidamente.
Sí, esas fueron sus únicas palabras. Tantas preguntas que tenía pensadas y él se fue como si nada, sin poder contestar ninguno de todos los interrogantes que andaban rondando por mi cabeza. En aquel momento, me enojé mucho con él, no entendía nada de lo que estaba pasando.
Al día siguiente me puse a examinar incansablemente el llamado “reloj”. Inspeccioné minuciosamente cada centímetro del objeto, le di vueltas, lo tiré al piso, lo mojé en la pileta de la cocina, y tantas cosas más habré hecho para averiguar cuál era su función. Incluso lo golpeé con un vaso para intentar romper el plástico que cubría las rayitas movibles, pensando que quizá el juego era moverlas como uno quería hasta marearse. Pero no hubo forma, nada funcionaba, ninguna de las acciones que probé me resultaban divertidas como para entender por qué mi tío Franchi me había regalado esa cosa tan extraña.
Otra cosa más no podía entender: mi tío me había dicho que lo aproveche porque una vez que se va, no vuelve. Pero las rayitas seguían dando vueltas y vueltas y vueltas sin parar, volviendo una y otra vez a pasar por los mismos números. Entonces, ¿mi tío me había mentido? Sí volvía, yo podía ver como pasaba de nuevo por los mismos lugares repetidamente, lo cual provocó en mí un enojo aún mayor para con él.
Cuando les pregunté a mis amigas si conocían un reloj, me dijeron que no y me aconsejaron que les pregunte a mis papás. Ellos creían que lo mejor era que yo descubra las respuestas por mí misma, por lo cual nunca me contestaban exactamente lo que les preguntaba. Así que, para sacarme la intriga de una buena vez, le pregunté a mi hermano, pero él, tan alegre como siempre, solamente me contestó: “Buscalo en el diccionario, si ya sabés leer! Estás grande como para estar preguntando esas cosas, ¿no te parece?”
Desilusionada por las no-repuestas que conseguí en mi casa, decidí hacerle caso a mi hermano y al otro día, apenas llegué a la escuela, me dirigí directo hacia la biblioteca. Agarré el primer diccionario a la vista y busqué la palabra “reloj” en él: “Máquina dotada de movimiento uniforme, que sirve para medir el tiempo o dividir el día en horas, minutos y segundos”. Después de buscar algunas palabras que no conocía de la misma definición, entendí todo: un reloj es una cosa que se mueve siempre igual y mide el tiempo –dije exaltada por creer que había entendido el significado del tan intrigante reloj, pero la bibliotecaria no entendía mi excitación, así que me pidió que no hable y tuve que seguir elaborando mi teoría silenciosamente- entonces, cuando miro el reloj, veo el tiempo, y las rayitas movibles quieren decirme cuánto tiempo va pasando cada vez que las miro.
Durante todo el viaje de vuelta me quedé pensando en lo que era el reloj, y cuando llegué a mi casa empecé a dudar. ¿Para qué medir el tiempo? Yo no quería saber cómo pasaban las horas, los minutos ni los segundos, lo único que me importaba era divertirme, no me interesaba cuántas líneas había pasado de largo la rayita movible mientras yo jugaba. Tampoco me afectaba saber a qué hora había empezado o cuántos minutos pasaron desde que me escondí hasta que me encontraron (en las escondidas), solamente quería pasarla bien, divertirme, a veces hasta ganar, pero ¿por qué querría saber cuánto tiempo había pasado? Quizá la pregunta no era por qué, en verdad ya sabía la respuesta a una pregunta más importante: no, simplemente no me interesaba saber.
En ese momento no importó mucho, seguí usando el reloj pero solamente como pulsera, nunca me fijaba qué hora era. Pero los grandes sí lo hacían, no entendía por qué, pero mis papás, las maestras, mi hermano, todos estaban todo el tiempo mirando sus relojes. Perdían más tiempo fijándose cuánto había pasado desde que empezaron alguna actividad que disfrutando de la misma.
De cualquier manera, a los adultos nunca los iba a entender, así que no me preocupaba mucho por eso. Solamente las palabras de un adulto en especial seguían retumbando en mi cabeza, las de mi tío Franchi, y recién hace poco tiempo pude comprender lo que me quiso decir. Tenía razón, el reloj que me regaló cambió mucho mi vida, cambió mi manera de ver el mundo y de disfrutar de las cosas cotidianas, aprendí a no prestarle demasiada atención al reloj, aprendí a pasarla bien sin importar cuánto tiempo duraba el juego, aprendí que los adultos muchas veces se preocupan demasiado por el tiempo y se olvidan de vivirlo. A muchos les importa más los minutos transcurridos que los minutos disfrutados, pero al fin y al cabo, ¿los minutos no disfrutados son realmente minutos transitados? No lo creo, porque como me dijo mi tío hace muchos años, el tiempo “sin que lo uses no es nada, pasa prácticamente desapercibido, no nos damos cuenta de que se va, pero…una vez que se va, no vuelve, así que aprovechalo al máximo”. Eso era lo que él me quería decir, lo que quería que yo entienda: que tenemos que vivir la vida y aprovechar cada momento, sin importar si son segundos u horas, lo importante es vivirlos, simplemente eso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario